Los incendios del verano proseguirán en el otoño. No se trata de una predicción del servicio meteorológico ni de un oráculo fogoso sino, simplemente, la constatación empírica de que sino que en este país, o estos países, prolífico en provocadores, está gobernado por pirómanos.

La Diada 2012 se convirtió en el símbolo ineludible de una realidad desbocada. ¡Toma prima de riesgo!, se dijo entonces. Y a continuación, en vez de enfriar el bosque para analizar la realidad y sus causas, las más altas instancias del país se inmolaron como yesca para alentar el recalentamiento.

¡Que la pira no afloje! En la conjura participaron la Corona, el Gobierno, la Generalitat, cada uno de sus pontífices y no pocos acólitos. Ya habían oxigenado la fogata antes de que las llamas se hicieran evidentes, pero, una vez conocida la capacidad abrasiva del incendio, arrimaron todo el combustible a su alcance.

El discurso y la razón han muerto. Sólo quedan la pasión y el dogma. Frente a la testarudez, el vilipendio.

No importa qué fue primero. Tampoco si  el Rey se tiró a la pira por decisión propia o ajena. Dio pistas para pensar cualquier cosa. Había sido una iniciativa personal, pero se lo había contado antes al presidente del Gobierno, para el que debió pasar desapercibido el desatino; anda el hombre en otras cosas. El monarca lo hizo contra su papel moderador e incluso contra el símbolo de la unificación por razones políticas o lo hizo en aras de su compromiso con la unidad patria con una decisión inequívocamente política contra una parte de la ciudadanía que su cargo y su función representan.

A la vista del desatino el presidente del Gobierno agitó el fuelle ante el propio Parlamento y blandió sus propios juramentos arengando a sus legiones a la  cruzada. ¡Qué manía! El nacionalismo catalán, creyendo que la hoguera prendida le procuraba calor en su propio territorio, añadió combustible sin discernir si los vientos que arrasaban a los vecinos podían cambiar de sentido. ¡Esta es la nuestra! ¡O la mía!

Algunos, recelosos o prudentes, emplearon con desgana el agua bendita almacenada en la pila bautismal. Fin del problema.

 

El último capítulo, hasta el momento, se desarrolla en un despacho. Ni mesa redonda ni pipa de la paz. Caras mustias. Y a la salida, mensajes a los propios: prestos para la batalla, icen las banderas, hace falta sangre para ocultar la mierda.

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