Todavía bajo los efectos envolventes de El impostor, de Javier Cercas, me asalta una crónica deslumbrante: Complot histórico contra Cataluña, firmada por Cristian Segura, en El País (supongo que en la edición catalana). La lectura conduce a sucesivos estados de ánimo. Sorprendido, incrédulo, atónito, divertido. Del estupor a la carcajada. Para enmarcarla. De lectura obligatoria, no solo por lo retozona sino también por enervante (en la doble acepción que el uso trasladó a la Academia).

No, mejor no cabrearse. No, así no se construyen los mitos, las emociones, los símbolos, la nación, aunque así traten de alentarlos, aportando paradójicamente munición a otros mitos, otras emociones, otros símbolos, otras naciones…

Porque después de la risa, aletea una pregunta muy simple: ¿todo esto… lo paga alguien?

La broma, entonces, se convierte en fraude. Con una víctima colectiva y un culpable aún sin calificar (pendiente de la respuesta requerida). Y cabe temer que ese alguien habrá criticado insistente y sagazmente los recortes impuestos por los ladrones de afuera.

¿Hace falta un fajo de billetes para hablar de corrupción?

Que el enojo no impida la diversión del disparate.

(Lo vuelvo a recomendar, porque no se quedará aquí: Complot histórico contra Cataluña)

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Si se empeña en enojarse, échele un vistazo al Instituto Nova Història, a la Fundació Catalunya Estat… y es posible que ya no quiera seguir más, porque hay mucha gente y mucho dinero detrás. No sé de quién, aunque me gustaría…

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