El empecinamiento colectivo en una nueva convocatoria electoral obliga a los votantes a reconsiderar su voto.

Si el que realizaron hace unos meses no valió para nada, ¿qué hacer ahora?, ¿qué votar?

De permanecer todos en la misma posición solo cabría esperar un fiasco similar al precedente. Por eso, la solución al problema no está tanto en el campo de los votantes como en de sus representantes.

En esa tesitura, con las mismas listas en acción, desde el punto de vista del votante, la abstención se antojaba como una escapatoria legítima o, al menos, como un desahogo.

La aparición de Íñigo Errejón ha modificado el tablero. Sin embargo, cabe recibirla de muy diversas maneras.

Por ejemplo, como antídoto contra la inhibición. O como un nuevo añadido a la confusión. O quizás como una ocurrencia para desquiciar a la izquierda. Tal vez…  Lo sabremos dentro de 40 días.

Sin embargo…, ¿qué representa a estas alturas Errejón?

Fue fundador de Podemos, mostró un soporte teórico respetable, pero su amigo y líder lo fue devorando poco a poco; encontró un asidero para mantenerse vivo en la actividad política alentando un proyecto autónomo sin advertencia previa a sus antiguos compañeros. Un caso más, en fin, de la larga historia de desencuentros y traiciones que la izquierda produce contra sí misma.

La escisión dejó fuera del poder a la alcaldesa de Madrid y a sus socios, viejos o nuevos. El propio Errejón tampoco logró acceder al poder de la Comunidad.

¿Entonces? ¿Qué supone la última aventura errejonista? ¿Otra vía de agua para la izquierda? El riesgo existe.

¿Por qué considerarlo entonces como un antídoto contra la abstención? Tan solo porque PSOE y Unidas Podemos se han hecho acreedores, en el sector de la izquierda, de la misma desconfianza que ellos mutuamente se profesan.

Íñigo Errejón representa una reflexión sobre la acción política en la línea del populismo postmarxista, en la senda de Ernesto Laclau,; una línea de pensamiento que en Latinoamérica –territorio donde el propio Errejón sitúa buena parte de su reflexión política–  soportó precedentes de muy diversa calaña: desde los clásicos Lázaro Cárdenas, Juan D. Perón o Getulio Vargas, a los más recientes Carlos Salinas de Gortari, Carlos Menem, Alberto Fujimori y Fernando Collor de Melo, hasta asumir en un planteamiento más radical a los Hugo Chávez, Evo Morales o Rafael Correa.

A estas alturas, en España, las referencias anteriores suenan a otros lugares. Y a otro tiempo.

Errejón también parece haber dejado atrás esas referencias. Su rostro juvenil parece predicar, más que una propuesta de fuerte contenido ideológico, su propia imagen. Parece un candidato sin programa, pero con talante; con una línea política que ora apuesta por la estrategia ora por el estilo, ora por la ideología ora por el discurso, ora por lo posible ora por el compromiso.

El populismo teórico con el que se dio a conocer es, según toque, estrategia, estilo, ideología o discurso.

Y aún así, para un amplio grupo desencantado, representa una expectativa posible, pese a llegar lastrado –algo menos que Podemos– por unos vínculos territorializados bajo los que asoman, en determinados momentos, debilidades evidentes en una sociedad muy polarizada.

Pero no se olvide que, más allá de las contradicciones de lo vivido y lo por vivir, el populismo errejonista busca un objetivo a largo plazo –la emancipación de los desfavorecidos– que a veces habrá que escribir con renglones torcidos. Lo sabe. Y no lo oculta.

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