“De súbito el riachuelo se convirtió en el Mississipi”. Así explicaba un responsables de Renfe el accidente de tren provocado por la tormenta que anegó las vías y expulsó al convoy de los rieles provocando un par de decenas de heridos. Cuando  eso ocurre, quería decir –y tal vez justificarse– el ferroviario, no hay remedio. Gana la fatalidad, el destino.

El problema verdadero, el que tiene solución o respuesta, no existe cuando los acontecimientos se producen “de súbito” –eso es calamidad, desastre natural, furia de los dioses–, sino cuando se ve venir y, aun advirtiendo su amenaza, el conductor decide confiar ciegamente, sin inmutarse, en que la tormenta escampe.

El bucle catalán fue creciendo y creciendo y creciendo. Algunos lo fueron alentando, alentando y alentando. Otros se quedaron impávidos pasando, pasando y pasando. Hasta que “de súbito” ¡el Mississipi! El símil es inútil. En este asunto los hechos no fueron casuales sino provocados. Por los que alentaban y por los que pasaban sin mirar siquiera. Escondían mucho más de lo que mostraban. Lo que se veía eran señuelos. Las intenciones, atrás; inconfesables.

Llegados al “de súbito” podemos reconocer que han ocurrido demasiadas cosas a las que anegó el desbordamiento: la corrupción, la desigualdad, el agravio del crecimiento de los beneficios empresariales y la pérdida de poder adquisitivo de los salarios; el estado de unas pensiones, si no en riesgo de extinción, en seguro proceso de depauperación; los recortes que no cesan en sanidad, en educación, en becas; el fracaso estrepitoso de las políticas contra la violencia de género, el desaguisado provocado en el sistema de cobertura de las pensiones; las vergüenzas de unas escuchas telefónicas que en cualquier situación normal debían haber desalojado de sus puestos al gobierno en pleno; el partido en el gobierno, acusado; los golfos, exhibiéndose con obscenidad y desafiando a sus encubridores…

Sin embargo, “de súbito”, el injustificable Rajoy parece tener más argumentos que quienes le desafiaban. Imperdonable. Aberrante. Hemos sentido el precipicio: el riesgo de tener que despedir cualquier atisbo de racionalidad y de esperanza; y por ello nos hemos visto en la necesidad de necesidad de contenernos para no dar pábulo a quienes han querido arruinar la convivencia en común,

El riachuelo no se convirtió esta vez en Mississipi por causa naturales, sino por un disparate monumental con cómplices y culpables. Aún peor: ni siquiera ocurrió “de súbito”. Y son muchos los damnificados.

Sobre El Autor

Artículos Relacionados

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.