Turno de Carles Puigdemont. Al tono vigoroso de su predecesor, el rey, opone un discurso melifluo, envuelto en evocaciones a lo no violencia e incluso a la mediación (“mi disposición a emprender un proceso de mediación”), aunque sin renuncia alguna al plan tramado. “Somos un solo pueblo” que “jamás va a renunciar a la riqueza de la pluralidad”, porque su actitud se basa en “el respeto a todos los ciudadanos” y a “los derechos de todos” con un “puente siempre abierto al diálogo”. Conmovedor.

El problema del president no se basa en argumentos sino en sus propios hechos: ¿Un solo pueblo? Escindido por la mitad. ¿Respeto, pluralidad, derechos de todos? Basta comprobar el proceso de tramitación de las leyes independentistas en el Parlament. ¿Mediación?  Con fecha prevista para la declaración unilateral de independencia.

El discurso del rey fue equivocado y, tal vez, reprobable. El de Puigdemont solo es falso. O falaz, si se prefiere.

Cabalgamos. Hablan unos, hablan otros. Se discrepa. El conflicto amenaza con explosionar.

¿Y Rajoy dónde está? ¿Existe?

Tal vez, si no existiera, sería un alivio. ¿Podrá demostrar lo contrario?

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.