Había que presentar Esperanza y no podía escurrir el bulto. Tenía que hablar. A la vista de que la emoción podía quebrar no solo la voz sino también el cerebro (para esto hace falta menos que para aquello), tomé unas notas que leí, como pude, casi al completo. Estas:

Hace 34 años conocí a Esperanza y a Manoli. Llegaron un día a mi casa, creo que era invierno, porque estaba oscuro y no debía ser demasiado tarde. Alguien les dijo que en Salamanca había un periodista que podría echarles una mano para redactar un informe con el que comunicar la desgracia que habían sufrido en Argentina.

Allí me contaste, me contasteis, vuestra imponente tragedia. Y allí me agarraste por las solapas para explicar cómo te habías enfrentado al general Galtieri. Y allí comprendí, definitivamente, que el periodismo no puede ser neutral y que los ciudadanos tampoco pueden navegar entre dos aguas.

Me dejasteis que fuera vuestro amigo y a partir de entonces te vi intermitentemente, entre tus viajes y estancias en Argentina y tus regresos a la casa de Manoli, en el barrio Garrido salmantino, donde aguantasteis fríos y soledades

Luego, hace tan solo diez o doce años, una tarde en la que volvimos a vernos, ahora en vuestra casa madrileña, mientras comíamos las masitas o las empanadas que prepara Manoli, y que sabéis que me encantan, me constaste tu infancia en Camagüey y tu adolescencia y juventud en San Esteban, Cantagallo, Béjar…  Tu boda, el nacimiento de tus hijos…

Y entonces decidí que teníamos que contar tu historia, porque era apasionante y diversa, llena de emociones, de risas y llanto, del estruendo de tu voz, tan cantarina, y del silencio insufrible de la impotencia.

Tu vida quedó marcada en los primeros años, no en los últimos. Tu senda la marcaron Papá Mestril y Mamá Catuca, los padres que te adoptaron junto a otros seis hermanos, mucho más que la intemperie de la sierra, su tesón adusto y pardo, o la guerra.

En Cuba conociste la felicidad y la anhelaste para siempre con los tuyos. Trataron de romperla y siendo tan solo una niña te sobrepusiste al desarraigo. La recuperaste con un tesón insobornable. Porque sabías que la felicidad se conquista con dignidad y esfuerzo. La compartiste con Víctor, con Manoli, con Tito, con Palmiro y Miguel Ángel, con Laura y Marisel, y luego los bisnietos

Cuando te arrebataron definitivamente la felicidad que habíais conquistado sacaste toda tu dignidad para defender a los tuyos del olvido, para reivindicar su memoria y su decencia. Con toda la rabia y hasta el límite mismo de tus fuerzas.

Por eso creí hace doce años que tenía que escribir un libro: para dejar constancia de una mujer emocionante y, sobre todo, para usarlo como excusa para que otras personas te conocieran y para que al menos unos pocos, que te queremos o te querremos, pudiéramos decírtelo a gritos, satisfechos.

Por eso estoy muy contento hoy. El libro, Esperanza, es un pretexto. Tú me regalaste el auténtico libro: las grabaciones que conservo y, sobre todo, el manuscrito que hiciste, pese a tus peleas con la ortografía, con una caligrafía aprendida en Cuba en un colegio de monjas. Lo importante es que todos los que te rodean te quieren o a te van a querer sin remedio (si no ocurre así, el problema será mío, porque no habré contado bien la emoción que te envuelve).

Y estoy muy contento de que esté Baltasar Garzón, porque me consta lo mucho que ha representado para ti y otros muchas personas como tú. Su generosidad para acudir aquí desde su obligada residencia a diez mil kilómetros de distancia es la mayor declaración de afecto.

Estoy contento de que esté Olga Viza, porque no solo ha sido mi agente literaria, sino porque fue la primera a la que entregué el libro y, por ello, también la primera que me transmitió la emoción que tú le habías provocado.

Y estoy muy contento de que este proyecto lo haya levantado una editorial, Roca editorial, que ha derrochado cariño y profesionalidad, pero que antes de enviar el libro a la imprenta quiso conocerte y darte un beso.

Y estoy muy contento por razones que a un tímido impenitente como yo le cuesta confesar: porque mis amigos de siempre me ayudaron, porque mis hermanos se han implicado con un entusiasmo que me abruma, porque mi hija mayor reconoció una frase que había escrito pensando en ella, porque la pequeña no es capaz de contener el azogue que le bulle, porque ellas te quisieron antes de conocerte y porque saben, me lo han dicho, que este libro habla de muchas cosas que les he ido repitiendo a lo largo de su vida. Porque hay personas que me quieren y me ayudan sin necesidad de figurar en el reparto de papeles.

Y eso ocurre, porque tú, Esperanza con mayúscula, nos has enseñado a vivir la esperanza minúscula de cada día. La esperanza que aún sostienes, la que esconde esa frase que repites, a modo de explicación, cuando hablas de Miguel Ángel, “el que está desaparecido”.

Por eso escribí el libro. Para poder decirte en público estas cosas. Pero ahora me gustaría saber una cosa: ¿estás contenta de que lo haya escrito?

(El párrafo en cursiva no lo leí. Lo advertí, diciendo que me lo saltaba para evitar que mi intervención pudiera confundirse con discurso de ceremonia de los óscars; con la única diferencia de que yo, en ningún caso, iba a gritar… «¡Pedro…!». O vaya usted a saber si, dada mi aceleración, incluso eso).

 

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