Habló el presidente de la República francesa.

– Alló, Alló, Hollande.

Habló el presidente del Gobierno español.

– Este no raja.

 

– ¿Se parecieron?

Al francés, esa impresión dio, no le preocupó la coincidencia de sus entrevistas con apenas veinticuatro horas de diferencia. Al español, sí; al menos, citó a Hollande en tres ocasiones, y algún destacado miembro de su partido ya lo había pronosticado durante el día.

Los dos hablaron de recortes, de déficit, de impuestos, de reformas laborales, del paro y del seguro de desempleo.

Hollande planteó sacar el dinero necesario, hasta alcanzar el 3% de déficit,  de tres partidas equivalentes: la subida de impuestos, los beneficios empresariales no reinvertidos y la congelación del gasto público. Rajoy planteó “todo lo necesario” para el gran objetivo nacional: “controlar el déficit”, con el objetivo del 6,4 para este año. El presidente español dio por descontado todo lo avanzado en su propósito; el francés era nuevo en la fe de la austeridad y, por primera vez, se olvidó de su apostolado en favor del crecimiento. El primero llegaba con un historial de méritos, aunque sin abrir la boca hasta ese momento; el segundo compareció para saludar a la nueva religión.

– ¿Y qué?

Uno propuso un plan. Otro buscó el aliviadero.

Hollande tendrá que concretar con más detalle. Rajoy lo hará, a buen seguro, aunque, una vez más, no quisiera anunciarlo o todavía no estuviera en condiciones de hacerlo.

La subida de impuestos francesa tiene un símbolo: el 70 por ciento para los riquísimos. Un brindis. Pero también un detalle: pagarán más que antes dieciséis millones de declarantes (los de mayores ingresos) y lo mismo que hasta ahora veinte millones (los de menores ingresos). La subida de impuestos española, sin brindis, no discrimina, excepto una minúscula parte por abajo y una amplia condescendencia por arriba, incluidos los defraudadores seculares.

Hollande toma estas medidas después de haber rebajado la edad de jubilación a los 62 años, presentado un plan para crear 100.000 empleos para jóvenes, dado un plazo de dos años para resolver los problemas y echar la culpa al pasado. Rajoy ha hecho lo último, pero con mayor insistencia y durante más tiempo.

Mientras el presidente del Gobierno español hablaba daba la impresión de que todo podrá ser lo contrario de lo que él mismo quería: “no se tocarán las pensiones…, pero lo verdaderamente importante es el déficit” y así sucesivamente. El presidente de la República, aceptado o rechazado por unos u otros, dio la impresión de tener un plan. Y eso es, sobre todo, lo que se echa en falta. Aquí.

– ¿Se parecieron?

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