Una semana después de la sentencia del Procés no cabe duda de que, al margen de otras muchas y poderosas razones, la actual convocatoria de elecciones en España fue un desatino. Más que un gobierno en plenitud de condiciones, este momento requería desvincular las decisiones previsibles de las mezquindades inherentes a las campañas electorales.

El actual presidente en funciones debió evaluar la tensión que generaría la sentencia e incluso los desmanes consiguientes y predecibles. Optó por la convocatoria electoral, secundado por los restantes actores políticos, que se sumaron al desaguisado rehusando las opciones a su alcance para evitarlo; no lo hicieron.

Así empezaron a echar leña a una hoguera y luego a otra y a otra… hasta que todo el paisaje se vio rodeado por el fuego. Real.

Ellos sabían que los electores tendrían en cuenta su renuencia al pacto. Que su actitud les pasaría factura. Pero los hechos acaecidos en Cataluña tras la sentencia han desbordado aquella reflexión y pueden marcar decisivamente la próxima gobernabilidad de España en direcciones impredecibles. El rumbo político parece más incierto cada día que pasa. A estas alturas nadie puede asegurar nada; ni siquiera la «ventaja» del PSOE a la hora de formar el próximo gobierno.

Las manifestaciones de los Casado, Rivera y Abascal sobre la situación en Cataluña –todas ellas en la misma línea, aunque con distinta intensidad–, ponen en evidencia un electoralismo bochornoso, aparte de deslealtad institucional, un concepto siempre relativo en este ámbito más propicio a la puñalada que a la racionalidad. En el otro campo la incapacidad del independentismo catalán para asumir sus responsabilidades ahonda en el enfrentamiento y alienta la barbarie. Entre Pinto y Valdemoro, entre la mudez y la media voz, Iglesias pone una vela en cada capilla; e irrita a los agnósticos.

En ese juego entre electoralista y fundamentalista, el presidente en funciones ha tratado de mantenerse en pie sobre el alambre con palabras atentas a la gravedad del momento y a la mesura imprescindible de las decisiones. Palabras, las de Sánchez, irrelevantes e incluso inútiles para calmar los ánimos de las posiciones dominantes, tan polarizadas, y para abrir una puerta a la sensatez. Su soledad invita a reconocer un propósito institucional, tal vez contrario a sus intereses electoralistas, pero preludia su propio fracaso político.

En esta crisis ninguno de los dirigentes directamente apelados puede sentirse inocente. Al contrario, muchos de ellos merecerán un juicio muy severo de las generaciones venideras. Hay errores que determinan la historia. Y personajes que solo merecen su reprobación. Aunque saquen tajada de su desmesura, porque, con frecuencia, la ciudadanía contribuye a su propia derrota colectiva.

En esta tesitura solo cabe el consuelo para algunos; esos que alcanzan, siempre con retraso, un cierto reconocimiento, cuando, con independencia de los auténticos propósitos, sus gestos y actitudes solo tienen el valor del sacrificio. La muerte los absolverá.

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