La Universidad Rey Juan Carlos es la segunda por número de alumnos de la Comunidad de Madrid. Tiene campus en Móstoles, Alcorcón, Vicálvaro… El PP de Gallardón y Esperanza Aguirre se la sacó de la chistera para competir con la Carlos III, demasiado progresista para sus entendederas. Y aunque no ha logrado los reconocimientos académicos de la que puso en marcha el rector Gregorio Peces Barba, ha dado múltiples motivos para estar en el candelero y, sobre todo, en la polémica, entre la indignación e incluso la burla.

Los rectores de la Rey Juan Carlos se han caracterizado sucesivamente por su entusiasmo nepotista y por su voracidad plagiadora. El tercer eslabón, fruto de los dos anteriores, a los que se debe por completo, empieza a conocerse ahora.

El claustro de profesores se negó, primero, a cesar al mayor copiador del reino; se resistió, luego, a aceptar su dimisión; y acabó, al fin, designando sucesor al heredero anunciado.

El episodio de la presidenta de la Comunidad de Madrid que consiguió un máster en diferido mediante artes recónditas huele a la esencia misma de la Rey Juan Carlos. Nadie deberá sorprenderse de que, tras las declaraciones del rector y sus acompañantes –el director del máster y el profesor de la asignatura que se volatilizaron durante dos años–, aparezca el trabajo fin de carrera suscrito por la alumna Cifuentes.

En ese momento habrá que dilucidar si fue plagiado o si los dos años transcurridos entre la no presentación y el notable los aprovechó algún catedrático para usurpar la autoría de tan ilustre alumna. Pase lo que pase, normal, lo que se dice normal, no podrá ser.

En esos casos, lo peor no es lo que hicieron sino que lo expliquen. Llegados a ese punto solo resta un “sé fuerte”, Cristina. Y “punto pelota”.

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