El candidato Sánchez llega desnudo a la investidura, sin cobertura que le alivie de la insuficiencia de sus propios votos para superar una votación que, se mire como se mire, sabrá a derrota. El tiempo transcurrido tras aquellas elecciones que le declararon vencedor, siquiera relativo, no ha servido para mucho o, lo que es peor, solo ha servicdon para poner en duda su celebrada victoria.

Estamos donde estamos: en un callejón de absurdos.

La derrota del bipartidismo que algunos festejan y otros reconocen ha derivado en un bifrentismo que ha incrementado la radicalidad y la bipolaridad. A un lado, la derecha, cada vez más derechona, porque Vox apremia y porque tanto Ciudadanos como el Partido Popular han decidido que su único afán consiste en liderar esa parcela. No tienen otro objetivo en el corazón y en la cabeza.

Esa actitud les ha llevado al absurdo más radical: se han convertido en los adalides de un acuerdo entre PSOE y Unidas Podemos con la connivencia, en forma de asentimiento o abstención, de los grupos políticos que más detestan. PP y Ciudadanos son los impulsores de una gobernabilidad consentida o tutelada por los que ellos califican de secesionistas y filoetarras. A Pedro Sánchez no le queda otra que aceptar, de mejor o peor grado, esa compañía. La derecha lo impone, salvo que se atreviera a reclamar una nueva convocatoria electoral: algo que aparentemente rechaza. Eso sí, después de forzar al pacto con los anticonstitucionalistas, anuncian que se opondrán a el con todas sus fuerzas. No cabe círculo más cuadrado.

Al otro lado, la izquierda, reducida a dos trampantojos de sí mismos: PSOE y Podemos. Aquí la lucha por la hegemonía parece aplazada, porque los números solo dan pie a uno de los contendientes; al menos, de momento. A falta de un conflicto mayor se marcan otros no menos excluyentes. Las dudas ideológicas de Sánchez tropiezan con la terquedad de Iglesias, que, haciendo honor al apellido, transforma en dogma lo que solo es ambición de poder. En ese magma de ambiciones, obsesiones y exclusiones losrasputines encuentran su hábitat natural.

Se pudo empezar con la propuesta de un programa común que atisbara un gobierno capaz de asegurar la gobernabilidad en amplias parcelas de la acción pública y de establecer puntos de conflicto a matizar en futuras reconsideraciones o a resolver por vías ajenas a ese acuerdo común. Pero no se hizo.

Se pudieron buscar fórmulas eficaces para garantizar el cumplimiento de lo comprometido, mediante comisiones de seguimiento y vigilancia con carácter previo a la aprobación gubernamental o a la tramitación parlamentaria. Pero no se hizo.

Con los deberes anteriores cumplidos habría tenido sentido poner nombre y apellido a los titulares de los diferentes ministerios; asunto importante, aunque secundario respecto de los objetivos acordados. Pero no se quiso llegar a ese punto con los deberes previos cumplidos.

Hasta este punto se podría haber avanzado sin necesidad de que cuestiones personales, desconfianzas y recelos perfectamente justificados en unos y otros, y egos particulares viciaran el proceso hasta convertirlo en lodazal. Ahora todo huele a podrido y las rectificaciones no bastan para retirar el hedor de las mutuas acusaciones, tretas, faltas de respeto y recíprocas descalificaciones a los electores en particular y a los ciudadanos en general.

 

Con el compromiso previo de un plan de acción y otro de control eficiente cabían múltiples soluciones. Ejemplos: un gobierno Sánchez, en todo caso, que gozara de un previo beneplácito del socio; un gobierno con parcelas compartidas y, en todo caso, con una actitud de plena lealtad a los compromisos previos; un gobierno monocolor con un socio liberado de compromisos al margen de lo consensuado y, por tanto, con capacidad para ejercer como oposición en situaciones críticas a la hora de fijar los presupuestos anuales o la aprobación de leyes no consensuadas. Pero no se quiso.

Pablo ha antepuesto Iglesias a Podemos, el poder del supremo paladín a la defensa de una propuesta nítida de izquierdas, aunue esa actitud de compromiso crítico le hubiera facilitado mayor independencia para consolidar su identidad ideológica de una formación en horas bajas. Pero no quiso.

Sánchez decidió librar el cuerpo a cuerpo sobre sus recelos respecto de un dirigente muy personalista que, bien es cierto, transmite poca credibilidad más allá de su cada vez menor número de fieles. Tampoco Sánchez está sobrado de créditos: su “no es no” al Partido Popular, contra la voluntad de su propio partido, pretende ahora negárselo a los populares en circunstancias contrapuestas pero similares; su trasiego ideológico es más propio de una subasta de productos de segunda mano que de una oferta con control de calidad asegurado; ha sabido rodearse de personas con valía, pero también ha ofrecido puestos e influencias decisiva a mercachifles que negocian la acción política con sucedáneos contaminados. Se pudo, pues, hacer de otra manera. Pero no se quiso.

Esa es la situación. Y de ahí que el hastío, el cansancio, la desilusión, el hedor y la podredumbre corroan la acción política.

El candidato Sánchez llega desnudo a la investidura. Y aún peor, sucio y maloliente. Los demás pueden estar igual o peor, pero ellos no reclaman un ropaje limpio y nuevo. ¿Qué le queda a Sánchez? Lo imposible: aceptar errores, reconocer la situación generada y el hastío producido –sobre todo, de los más próximos– y proponer unos objetivos de gobierno tan nítidos, tan viables y tan inequívocos como para dar paso a una prórroga capaz de dignificar el bodrio de partido disputado hasta el momento.

¿Será posible?

PD.– Dicho todo lo anterior, quizás convenga abominar de los argumentos que defienden lo fácil que debe ser acordar; de quienes reclaman sin más que los partidos se pongan de acuerdo, porque para eso les pagamos. (Tal vez sería mejor, “que para tal cosa los elegimos”. Pero ni por esas.

¿ si hiciéramos la pregunta al revés? Es decir, sin poner el énfasis en los partidos, sino en la propia sociedad. ¿Qué acuerdo están dispuestos a aceptar favorablemente los ciudadanos? ¿Cualquiera?

https://elpais.com/politica/2019/07/10/actualidad/1562754916_881122.html

No es fácil la solución, sino harto compleja. Quienes tan claro lo ven y tan tajantemente reclaman una solución, ¿están seguro de lo que habría que hacer? Yo no. Me gustaría que Pedro Sánchez tuviera como interlocutor a Íñigo Errejón. O que Pablo Iglesias no tuviera el fin del mundo debajo de sus pies.

Pero lo que hay es la denudez, el mal olor y el hastio. Sin visos de mejora.

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