La reflexión sobre el mundo rural o la despoblación se ha puesto de moda y ocupa un espacio relevante (por importante y extenso) no solo en los medios de comunicación, sino también en la agenda política. Bienvenido sea este interés creciente, porque el asunto lo merece, aunque ahora traten de obtener réditos económicos o políticos algunos avispados que, pese a sus responsabilidades, prefirieron no enterarse de lo que ocurría.

Las administraciones públicas –nacionales, regionales, provinciales, comarcales y locales– se disputan el protagonismo en la búsqueda de soluciones a un problema que ellas mismas provocaron. Medios de comunicación de muy diversa orientación editorial se afanan en promover contenidos periodísticos, encuentros y debates, tomando posiciones ante las previsibles oportunidades por venir en forma de incentivos económicos. Asociaciones, emprendedores y colectivos de muy diverso pelaje buscan sustento a la sombra de la moda y reclaman, en algunos casos con toda la razón, el trabajo desarrollado en sus propios ámbitos despoblados y/o rurales.

Tal vez este ciclón de neoconversos llegue, por una parte, demasiado tarde, porque el tumor ya ha hecho metástasis. Por otra, cabe temer que esta amplísima disputa por la primacía o la primicia, y por la urgencia que reclama el desastre, solo aporte ocurrencias deshilvanadas insuficientes para un tratamiento global. El problema alude a múltiples frentes. Por ejemplo:

La reflexión sobre el medio rural debe plantearse desde una perspectiva más amplia: la de las periferias que el modelo social y económico imperante ha potenciado como “espacios de extracción y de vertido”.

Urge un plan coherente y sostenible, basado en acciones capaces de generar propuestas de desarrollo especificas, integrales y a largo plazo, y que no se limiten a una oferta de servicios y subvenciones.

Al mismo tiempo, y como contrapunto, la mirada sobre el mundo rural requiere concreción, porque sus problemas no son uniformes. En ese sentido cabe destacar la importancia de la comarca como espacio identitario para el desarrollo de acciones específicas. Sin embargo, la comarca es a ese respecto el eslabón más débil de la estructura territorial.

Resulta necesario represtigiar los saberes relacionados con el medio rural, como los valores de comunidad y cooperación, así como el reconocimiento original de la agri–cultura, en tanto que en ella se afirma la esencia del ser humano en su íntima relación con la naturaleza y la cultura.

Todas esas perspectivas resultan no solo necesarias sino también urgentes ante el más grave de los riesgos inmediatos: que el desasosiego generado por el sentimiento de abandono del mundo rural y su consideración como el sector más débil en el mercado global, se canalicen a través de reivindicaciones populistas y excluyentes; es decir, las más profundamente reaccionarias.

La despoblación, visto así, necesita rebajar ruido y sumar nueces.

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