ETA da a conocer la ubicación de ocho depósitos en los que escondía 118 pistolas, rifles y armas automáticas, 2.875 kilos de explosivos y 25.700 elementos de detonación y munición. Parece un gesto sin sentido, apenas un intento desesperado para demostrar que la banda aún está viva, que aún es capaz de poner condiciones al gobierno.

Por eso, miles de personas se han concentrado en la plaza Paul Bert de Bayona para reclamar el acercamiento de los presos, la amnistía y la independencia; para decir que «todos ganan» si «la política penitenciaria se vuelca al presente”.

El gobierno, por su parte, no se inmuta; se limita a exigir la definitiva disolución de lo que queda de la banda, ignorando que murió el mismo día en que renunció a la violencia y que todo lo demás es manipulación o manoseo, de un lado o de otro..

Los medios destacan la noticia, salvo la televisión pública que, a poco más, en vez de esconderla en el minuto 15 de su telediario, la olvida.

Sin embargo, el acontecimiento, aun pareciendo relevante, carece de sentido. Para unos, los manifestantes, porque en el fondo celebran con él su propia derrota, la de la vía armada y la de cualquier reivindicación vinculada a ella, mediante una liturgia de mera propaganda con la que ocultar el dolor provocado y el fracaso acumulado por la acción terrorista en un país donde las ideas ya se podían defender con argumentos y palabras.

Y carece de sentido para quienes se empeñan en manipular el dolor de las víctimas, aunque pregonen actuar en su defensa, porque más les valdría alimentar la convivencia, sólida y profunda, de toda sociedad herida por el asesinato, la extorsión y, también, por una justicia que en ocasiones coqueteó con la venganza.

Casi 80 años después de concluida la guerra civil y más de 40 años después de finalizada la dictadura que la contienda impulsó, este país no se ha recuperado de las heridas provocadas por aquellas barbaries: quedan víctimas represaliadas a las que se les ha negado la memoria e incluso la opción personal del olvido en aras de una vida sosegada y digna, no humillada.

¿Cuánto tiempo habrá que esperar para que la convivencia profanada por el terror sea plenamente posible, sobre todo, en el País Vasco?

¿No es esto, ahora mismo, ya, lo verdaderamente importante? ¿Por qué, entonces, jalear lo que alienta el resquemor y la revancha?

(Y ya puestos, ¿podrían explicar los representantes de Podemos y la CUP que acudieron a Bayona con quiénes se solidarizaban? A las víctimas de ETA no les corresponde dirigir el proceso de reconciliación, pero este no puede alcanzar faltándoles al respeto. ¿O han decidido clasificar a los muertos?).

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