Mario Vargas Llosa pasó de la literatura a la política y, luego, al papel couché. El primer salto causó decepción en muchos de los que habían admirado La ciudad y los perros, La casa verde o Conversación en la catedral y luego le negaron ese respeto en La fiesta del chivo, El paraíso en la otra esquina, Travesuras de la niña mala o El sueño del celta.

Vargas Llosa nunca ocultó sus posiciones políticas. La decepción tuvo que ver con el posicionamiento sino con el cambio de posición. Afín a la revolución cubana en sus orígenes, predicó en Perú el credo liberal  durante su campaña electoral como candidato a la presidencia de la República, en sus comparecencias cómplices con Aznar, en su afinidad posterior con UPyD o en tantos escritos dominicales con prédicas profundamente conservadoras en lo económico y lo social.

El motor de una evolución tan radical debía tener potencia para adentrarse en nuevos territorios hacia la confusión definitiva que supone rechazar la persecución mediática que padece (él y toda su familia) por su vida personal y utilizarla de manera reiterada para expresar su estado de ánimo vital y creativo, detestar el papel couché y ofrecerse en permanente photo call.

Juan José Millás dice que algunos autores, dignos del mayor reconocimiento literario, son, sin que ellos mismos acierten a saberlo, escritores zurdos, que escriben con la mano contraria con la que piensan. Entre ellos debe estar Vargas Llosa y, por eso, aparte otras razones, su obra sigue mereciendo atención.

Hay otros que se confunden y se contradicen mucho menos, pero carecen de excusas para su aceptación. Por ejemplo, el periódico donde Vargas Llosa se explica, perteneciente a la empresa propietaria hasta ahora de los derechos de autor del narrador peruano. Ahí ya no hay confusión ni dudas, sino engaño: en las páginas de cultura de la web se titula “Vargas Llosa: ‘No tengo talento natural. Me cuesta escribir’, mientras que en el suplemento en papel se ofrecía un guiño bien distinto: “Llego a los 80 en un estado maravilloso”. El suplemento cultural donde aparecía la entrevista, Babelia, se inserta cada sábado en otro suplemento, Revista sábado, dedicado al cotilleo elegante; en esta ocasión no faltaron referencias a Isabel Preistler.

 

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