En todo proceso complejo se dan por supuestas afirmaciones que en algún momento pudieron parecer innecesarias. Sin embargo, algunas preguntas elementales estallan en un día de presunta negociación a vida o muerte; las respuestas pueden parecer obvias, pero chocan con la realidad.

  1. ¿En un gobierno de coalición los socios son responsables, y deben saberse solidarios, de todas las decisiones del equipo gubernamental o solo de las que ejecuta la parte a la que cada ministro pertenecía antes de tomar posesión de su cartera (ministerial)? Ejemplo: ¿si el ministro de Cultura no comparte o le repugnan los criterios que el gabinete fija en materia de Economía, lo mejor que puede hacer es atender la petición de Lola Flores; es decir, «irse»?
  2. ¿Los ciudadanos consideran más razonable acudir a nuevas elecciones o exigir a Pedro Sánchez y al PSOE el cumplimiento del programa de gobierno que el candidato planteó en su discurso de investidura? ¿Qué les importa más: las medidas de gobierno propuestas o el nombre y los apellidos de quienes tengan que llevarlas a cabo, salvo en casos de manifiesta incompetencia?
  3. ¿La política solo es buena si estoy yo? ¿Y óptima si, además de estar yo, no estás tú?
  4. Si lo importante es el programa y la tarea de un ministerio debe responder a criterios coherentes con los de otras áreas, y asumidos de común acuerdo, ¿por qué denegar determinados ministerios a una formación? ¿Qué lo impide: la militancia o la competencia? ¿O tan solo la falta de confianza y el temor a la deslealtad?
  5. Si es esto último, ¿para qué hablar? Y en esas circunstancias, ¿España puede tener gobierno?

Parece que no.

Aquí no hacen falta ministros, sino terapeutas. O directamente, psiquiatras.

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