Manifestación independentistas en la Diada 2012. Esta apoteosis de la emoción dificulta un debate exclusivamente racional (sin que ello presuponga que lo emotivo sea contrario a lo racional, porque. entre otras razones, lo emotivo se impone en una posición y en su antagonista y porque el fervor emocional dificulta los matices y, más aún, la vuelta atrás.

 

Atrás… queda la historia, manipulada por unos y otros, aunque también con relatos rigurosos desde diferentes posiciones ideológicas. (Ahí queda, por ejemplo, Vicens Vives o Álvarez Junco).

El surgimiento de los nacionalismos en España está asociado al romanticismo y al desigual desarrollo económico entre unas zonas y otras. Por eso sus ejes giran en torno a Barcelona y Bilbao frente al centralismo madrileño, que impone un poder sin símbolos ni cultura, pero capaz de generar otro nacionalismo sin pedigrí.

Aunque el 98 pueda ser una referencia imprescindible, la guerra civil se transforma en un factor tan incuestionable como determinante de todo lo ocurrido en los últimos años. No sólo por el aniquilamiento de un periodo democrático sino muy especialmente por la ruptura de un modelo que empezaba a reconocer a Cataluña y al País Vasco, sobre todo,como unas realidades cultural y políticamente diferenciadas.

La dictadura avasalló las instancias de poder descentralizadas y los símbolos de aquella realidad: el idioma y la cultura. Bien es cierto que con la connivencia e incluso la dirección de importantes sectores catalanes y vascos.

En la lucha contra la dictadura se fundieron por razones estratégicas posiciones ideológicas bien distintas, como la izquierda y el nacionalismo, y la transición consagró esa confusión en beneficio de los intereses nacionalistas allí donde existía un respaldo social latente.

El concierto vasco, respetado durante la dictadura porque una parte del nacionalismo respaldó el golpe de estado, fue asumido por razones históricas y para evitar otros problemas en un territorio especialmente convulso: la constitución rompía así la equidad del Estado estableciendo criterios manifiestamente desiguales en dos comunidades, Euskadi y Navarra, respecto de las otras quince. El estado de las autonomías abría así una espita creciente al descontento de quienes sientían simultáneamente la artificialidad del modelo autonómico y el derecho de un reconocimiento singular a su propio espacio. Por ello muchas reivindicaciones aparentemente sustantivas se fueron zanjando mediante transacciones de índole económica.

De entonces acá, la rivalidad territorial ha dificultado la comprensión de un modelo que cuantifica la solidaridad asumida por el Estado único en términos de aportaciones netas (subvenciones, por llamarlo de algún modo) entre las comunidades ricas (Cataluña, por ejemplo) frente a las pobres (Extremadura y Andalucía son su paradigma), sin considerar las compensaciones que en sentido inverso genera la balanza comercial y la retracción en las últimas décadas de las remesas de la emigración.

En este sentido, además, el tiempo y la situación económica han favorecido una integración progresiva en la segunda o tercera generación de los emigrantes originarios en un contexto en el que los procesos educativos se han desarrollados bajo la dirección y por el impulso de gobiernos nacionalistas.

La izquierda (Felipe González) favoreció este estado de cosas, pero la victoria de la derecha (Aznar) marcó un punto de inflexión en el debate interterritorial que generó unas dosis de  crispación introducida evidente, pese a las concesiones reales de índole presupuestaria favorecidas desde el gobierno central. Para reequilibrar la situación, la izquierda (Zapatero) anunció con extrema ingenuidad (e insolvencia) que asumiría una reforma estatutaria definida en los propios territorios afectados, pero la propuesta encalló por las revisiones introducidas en el Parlamento español y, definitivamente, por la sentencia del Tribunal Supremo. El debate estimuló en intensidad y en dimensiones la reivindicación nacionalista de estadios anteriores.

El nuevo ascenso de la derecha y la recuperación de la hegemonía nacionalista en el Govern de Catalunya, pese a los apoyos mutuos aparentemente contra natura en sus respectivos parlamentos, han chocado estrepitosamente contra la crisis económica, los recortes y el déficit, en los que sobran responsables y escasean inocentes. La ausencia de un sistema fiscal autónomo, similar al vasco, se convirtió así, en el discurso nacionalista, en la única culpable de la reducción de los derechos sociales en Cataluña. Y muchos ciudadanos lo asumieron con una visceralidad irreductible.

Del disgusto se pasó al enojo. Y la calle se llenó de quienes habían pugnado tradicionalmente por una autonomía de mayor calado o el independentismo y de quienes transportaban a cuestas la frustración de su situación cotidiana.

¿Y ahora qué?

¿Cómo se razona a favor y en contra de la emoción?

¿Se puede embridar este impulso?

Si fuera verdad, ¿quién convence a los alemanes de que Europa les beneficia o a los catalanes de que España les favorece?

Si fuera verdad, ¿quién convence a los españoles de no haber aprovechado al máximo los fondos que les ofrecieron los países más ricos o a los extremeños de que ellos tienen responsabilidades en todo esto porque no fueron rigurosos en el aprovechamiento de los recursos de que dispusieron?

¿Puede servir para algo la catarsis?

Hacen falta, desde luego, muchos argumentos, pero también un auténtico impacto emocional.

Mala cosa.

 

(Estas son unas notas a vuelapluma. El análisis histórico más reposado queda para otra ocasión y otra sección).

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.