Día 26

Sinceridad

¿Qué está socialmente sobrevalorado?, preguntan a la dramaturga Laia Ripoll. La sinceridad, que la mayor parte de las veces solo esconde una arrogante falta de respeto, empatía y educación, responde.

He aquí un simple ejemplo. Hace unos meses concluí una entrevista afirmando que el personaje protagonista practicaba la hipocresía social que requiere la convivencia, porque evita el enfrentamiento al que aboca la sinceridad desbocada.

Aquel adalid de la verdad y la llaneza se enojó mucho por el comentario, pese a que él mismo había exigido la retirada de las opiniones que realizó acerca de algunas personas y cargos públicos y pese a que él mismo requirió que suprimiera sus discrepancias respecto a un asunto que le afectaba directamente y por el que precisamente habíamos requerido sus opiniones.

Visto el tono de su actitud, retiré la entrevista y la escondí en un disco, tal vez a la espera de un momento más propicio. El medio para el que la había escrito estaba aún demasiado tierno para afrontar una controversia pública con un cacique que, revestido de una supuesta superioridad moral e intelectual, impone su propio afán de reconocimiento e influencia, excluyendo al discrepante, con el consentimiento de los sectores locales más influyentes. Queríamos asentarnos levemente en aquel territorio y evitar en nuestros comienzos cualquier radicalidad, para así poder algún día poner de manifiesto los barros o los lodos que acechan y que para nada alientan la verdad o la felicidad.

Ah, la sinceridad…

 

Día 20

Sol y ocaso

Conil de la Frontera.

Mal asunto cuando el sol se tiñe de banderas.

 

Día 18

Urgencias 

Dentro del coche aparcado ante la vivienda de los amigos que nos habían invitado a comer traté de terminar la lectura de Un día sin comienzo (De la Luna Libros, 2014), de Alonso Guerrero. Bajo un sol implacable, con el aire acondicionado como alivio imprescindible, quise afrontar el último capítulo, apenas seis páginas. La llegada del hijo de los amigos, me obligó a cambiar el plan.

Entramos juntos en la casa, saludé a los anfitriones –a los que había visto el día anterior– y, mientras esperábamos al resto de los comensales, me disculpé: necesitaba terminar la lectura, llevaba con ella demasiados días, de un lado para otro por ocupaciones más absurdas que imperiosas, y tenía que concluir ese capítulo para comer tranquilo y emprender, luego, una nueva lectura, sinónimo de una nueva etapa vacacional.

Lo terminé. Me pareció que aquellas últimas paginas escritas, que precede a otras que sólo se registran unos puntos suspensivos cargados de suspense y de tragedia, compendiaba todos los relatos del libro. Formidable, sugerente, íntimo.

Me incorporé a la recepción de los invitados, a los comentarios y a la comilona. Al terminar la comida, amodorrado por el vino y el banquete, el móvil me advirtió del atropello de numerosos transeúntes en la Rambla de Barcelona por una furgoneta, sin duda alguna, terrorista. Entonces comprendí mi urgencia en terminar la lectura de Un día sin comienzo.

Porque, pese a la mayor cercanía de Niza, Estocolmo, Berlín, París o Londres, lo de Barcelona y, luego, Cambrils, se entroncaba en una tragedia anterior que vivimos cerca. La que alienta bajos las historias que cuenta Alonso Guerrero. Concluida la lectura, afronté con una mirada mucho más atenta aquella nueva muestra de barbarie cargada de humanidad por todas partes.

 

Día 1

¿Y tú, qué dices?

Volver. Con la frente marchita. A sabiendas de que ya no hay lunes, de que ya no llegará la reseña semanal de Juan Antonio, con su ausencia en este lagar y en la vida, irremplazable porque ya no será posible consultar su opinión y su crítica.

Han pasado casi tres meses. Con este Diario en blanco y este Lagar mudo. Porque ahora mi decepción o mi modorra no las palía su ineludible compromiso, cada lunes, con la lección que desprendían sus escritos sobre cine; desde Philomena, de Stephen Frears, el 24 de marzo de 2014, hasta Figuras ocultas, de Theodore Melfi, el 27 de marzo de 2017. A la postre, 148 críticas, una cada siete días, que él seleccionaba entre las recogidas en su www.programadoble.com.

Escribía muchos días pensando en él, deseando su aprobación, que con frecuencia y generosidad llegaba, o temiendo su desaprobación, que nunca recibí pese a las estimulantes y acaloradas discusiones que luego, cara a cara, manteníamos y de las que, yo al menos, disfrutábamos.

Eso es, sin duda, lo más duro. Habíamos aprendido a pensar rebatiendo. ¿Cómo hacerlo ahora?

Aunque solo, lo intentaremos. Y al final de cada entrada preguntaré, ¿y tú, qué dices?

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