Día 31

La ministra

Llegados a estas fechas recibo cada año una carta de la ministra de Empleo que me felicita porque el Gobierno me ha subido la pensión en un 0,25%. Reconozco que no la he agradecido nunca tanto desvelo.

La ministra me informa de que este año mi pensión se incrementará en 6 euros brutos, de los que llegarán a mi bolsillo 4,5 euros. Y eso, en  todo el año o, si se prefiere, 30 céntimos en cada paga.

Para colmo mi pensión está muy cerca de la máxima que reconoce la Seguridad Social, por lo que la mayoría de los pensionistas españoles tendrá un incremento bruto aún menor.

Por una vez me siendo miembro del club de pensionistas. No se me ocurre cómo invertir tanta pasta. Es normal: estoy perdiendo facultades.

 

Día 23

50 años

Desubicados y perplejos. Ese es el estado de ánimo de una parte de aquella generación del 68 que se mantuvo al margen de los cantos de sirena, pese a compartir el repudio a la guerra, a la invasión y abuso. La música estimulaba, sí, pero la transformación necesaria no la defendían ni las drogas ni el hipismo. A aquellos residuos de la beat generation se nos acaba el tiempo perdidos en el espacio.

En la medida en que el lugar y el tiempo nos definen, ya no alcanzamos a ser más que una sombra. Que crece.

Día 18

Forastero

Decidimos cerrar el periódico digital que habíamos abierto en Las Hurdes a finales del pasado año. Habíamos fracasado en nuestro empeño; o para ser más certero, había fracasado yo. Por propios errores. No fue en ningún momento un proyecto realista.

Habíamos tratado de insistir en su viabilidad contra toda lógica. Por pura cabezonería. Si resistíamos, pensaba yo, se valoraría su conveniencia y encontraríamos respaldo a la iniciativa. Craso error. Los apoyos se limitaron de algún “me gusta” en las redes, alguna palmadita condescendiente y muchos encogimientos de hombros. No iba con ellos.

Cumplido el año de actividad el balance resultaba exiguo. No habíamos conseguido cubrir la actividad de la comarca, no habíamos logrado la inmediatez que reclaman la actualidad e internet, no alcanzábamos a actualizar nuestro propio diseño. Éramos tan solo dos personas, con sus propios quehaceres y múltiples limitaciones.

Una vez más, un esfuerzo y un empeño inútiles.

Y sin embargo… el periódico alcanzó cierta notoriedad y ofreció oportunidades inequívocas. Basta ver, por ejemplo, el mapa que refleja la incidencia de las noticias difundidas. Poco importa; puro espejismo.

Hemos dicho adiós, aunque dispuestos a empeñarnos de nuevo si alguien respalda el proyecto sin nuevos eufemismos. Conscientes del inevitable de la experiencia –la última se suma a otras anteriores– busqué explicaciones. Y atisbé algunas que ahora cobijo al amparo del discurso que pronunció Gonzalo Hidalgo Bayal al recibir el reconocimiento del ayuntamiento de Plasencia con uno de los san fulgencios de este año.

Habló el escritor de su primera novela y de lo que él denominó efecto forastero, una fórmula narrativa que consiste en que “la llegada de alguien de fuera (forastero) saca a la superficie todas las hipocresías, las maldades, las cobardías de una familia, de un grupo o de una comunidad. La sola aparición del forastero genera el conflicto, a veces porque lo trae consigo, a veces porque lo provoca con su actuación y a veces, en fin, porque ante su mirada imparcial afloran todas las miserias latentes. Al final, si la trama es ortodoxa, los conflictos se resuelven y el forastero abandona el escenario”.

El efecto forastero está presente en Paradoja del interventor, sí, o en Nemo, por poner otro ejemplo, aunque el caso de somosHurdes, el periódico fracasado y las dos personas que tratamos de sostenerlo a flote seamos la antítesis del mudo bayaliano.

Hidalgo Bayal entendió que “tal vez la presencia de mi modesto interventor hiciera aflorar cierta miseria moral comunitaria, pero su actuación se limitaba a un continuo deambular anónimo: el pobre hombre no intervenía en nada, no arreglaba desaguisado alguno y se resignaba a su propia desventura”. Y por ello tuvo que idear un epígrafe distinto para la presentación y se le ocurrió acudir al síndrome del agrimensor, de raíces kafkianas, que “se empeña en vano en acceder al castillo, pero todos sus intentos se ven frustrados: da pie así al nacimiento del héroe de la épica moderna que da vueltas inútilmente en torno a un centro inaccesible. Algo así pasaba con mi modesto interventor: que andaba como alma en pena por una ciudad que no lo acogía, lo rechazaba y lo percibía como un cuerpo extraño. De ahí que al final terminara marchándose”.

Pues sí. En aquel empeño ahora abandonado quizás se puedan reconocer algunas coincidencias con el forastero y el agrodimensor. No estoy seguro, sin embargo, de que, pese a la admiración que profeso a Gonzalo Hidalgo Bayal, esa aproximación a algunos de sus personajes sirva de consuelo. Ni siquiera por lo que tengan de kafkianos.

Día 2

Santo

En los últimos años, cada día 2 de enero, recibía una llamada telefónica.

– ¡Felicidades, que es tu santo!

– Creo que no, que lo cambiaron hace muchos años.

– Pues yo tengo anotado en mi agenda que es tu santo. Así es que ¡felicidades!

Todos los años discutíamos sobre las decisiones litúrgicas respecto al dulce nombre de Jesús y terminábamos sin saber qué hacer porque a los dos nos importaba un bledo la felicitación e incluso el santo. Hoy no he recibido la llamada. Yo he echado de menos.

Día 1

Durmiendo

El cambio de año me pilló en la cama. Durmiendo. ¿Pura inconsciencia, a sabiendas de lo que había anunciado El País, a toda página, en su portada del último día de 2017. “Acaba un año, comienza una nueva era”, proclamaba el diario global. Nada más verlo comprendí la dimensión de su advertencia y decidí hacer el tránsito, más que dormido, durmiendo: activamente ignorante.

Para ser justo y complejo, como ahora se exige para cualquier cosa que se precie, he de reconocer esa placidez aletargada se la debo también –en parte, al menos– a la lluvia que amortiguó los ruidos en la calle y los petardos en el cielo y, por supuesto, a mi sordera. Ayuda a la desconexión y, por ello, a veces la recomiendo y a veces la ejerzo más allá del diagnóstico o retirando los audífonos de las orejas.

El caso es que habíamos adelantado la cena ritual al día 30 porque se nos antojó y así evitamos el suplicio de las uvas y las campanadas al compás –un dos por uno que provoca ahogos y suspiros–, los besos posteriores –como si fueran necesarios– y el remate último de unos programas de televisión que muchos critican y muchos ven o, si se quiere, que muchos de los que los ven critican e incluso muchos de los que los critican ven. También ellos estuvieron –seguro– ajenos a la gran advertencia del desinteresado líder de opinión: “Acaba un año, comienza una nueva era”.

La profecía estaba patrocinada, como todo en esta época de tránsito y prisas hacia ninguna parte. En este caso, por una marca automovilística a la que El País vendió su alma y su rostro: la primera página.

Eso sí que es un símbolo y una advertencia, pensé: si un periódico trafica con su portada, qué no hará con las páginas interiores, ya sean impares, siempre deseosas de albergar publicidad no encubierta, o pares, propensas cada día más a los manejos de tapadillo.

No obstante, dada la bipolaridad que me induce a criticar la digestión del alimento del que me nutro a diario, el impacto del aviso sobre el cambio de era me dejó perplejo. ¡Qué fuerte!, pensé; ¡acojona!

A una persona sensible y crítica, como yo, marcada definitivamente por su provecta edad y los eufemismos, un anuncio tan cargado de trascendencia le remite inexorablemente a su propia intrascendencia: lo que se anuncia será gozado o sufrido por otros. Y uno mismo, yo –en este caso–, se debe dar definitivamente por amortizado. U obsoleto.

Seguramente por eso decidí dormir con entusiasmo para que, no siendo consciente del cambio de año, pudiera ignorar también el comienzo de la nueva era que ya no será la mía. Me ponga como me ponga.

O sea, mejor durmiendo. Y sordo.

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