28 de marzo

Algunas veces me veo obligado a recordar cómo mi madre, llegados a un punto de la charla, la concluía de esta manera: “¡Tienes el espíritu de la contradicción!”.

La expresión ha quedado, no obstante, en mi memoria. Desde hace demasiado tiempo nadie me la repite tal cual, pero sí me reprochan una cierta predisposición a observar las cosas desde un punto de vista diferente del que se propone.  

Leyendo a Bernardo Atxaga, su Casas y tumbas, he asumido que debo tener los ojos como los caballos, a uno y otro lado de la cabeza, y que por eso, con la nariz por delante, miro a un lado y a otro del camino. Esa posibilidad me ha tranquilizado un rato. Luego he pensado que, en contrapartida, esa manera de observar la realidad tal vez limite la mirada al frente. Tal vez por eso a los caballos de carrera, a los de los picadores o a los que cumplían algunos trabajos en el campo les ponían anteojeras.

Curioso. Quienes propugnan o ejercitan esa mirada rectilínea quizás avancen más deprisa, eviten la parálisis del miedo y cumplan mejor el objetivo propuesto. Mientras, los caballos puede que busquemos las referencias del entorno, de la complejidad y las contradicciones; o tal vez sea que nos gusta polemizar.

– Quizás.

– No creo.

¡Jesús, tienes el espíritu de la contradicción!  

23 de marzo

No puedo cambiar de tema. Tampoco concentrarme en otra cosa. Apenas inicio una actividad diferente me asalta un dato nuevo, una declaración, un wasap, una comparecencia, un exabrupto –todos ellos referidos al estado de alarma y al coronavirus– y regreso a mis cavilaciones monotemáticas.

Para relajarme hoy decidí cocinar algo inédito. Pareció funcionar. Cinco minutos. Otra vez el ajetreo, la conexión con la televisión, el móvil, los datos más recientes… De vuelta a la cocina el humo invadía toda la casa. El aceite de una sartén llevaba largo rato hirviendo.

Hubiera sido injusto morir por inhalación de anhídrido carbónico. Lo habría sido por coronavirus. Que, sin atacar a los pulmones, afecta a las meninges. Aunque en desigual manera. Lo noto.

15 de marzo

Lo parece, pero no estamos viviendo una novela de ciencia ficción. La distopía es real. El coronavirus nos pone ante un espejo de doble cara: por un lado, cóncavo; por el otro, convexo. Como los del Callejón del Gato que alumbraron a Valle Inclán para crear un género: el esperpento. Tal vez este sea un buen tiempo para entender y entendernos.

Desde el precipicio de estos días tal vez podamos resolver el enigma que planteaba Max Estrella: «¿A quién enterramos, Latino?». Esta fue entonces, ¿como ahora?, la respuesta: «Es un secreto que debemos ignorar».

Sin embargo, el contexto era otro. Don Latino se lo había gritado a Máx Estrella: «¡Estás completamente curda!». Estamos. ¿O estábamos?

14 de marzo

No tengo nada que hacer y no hago nada. Espero a través de internet, de la radio o de la tele la última noticia sobre el coronavirus. Las informaciones empiezan a ser redundantes y abruman. Paralizan. No tengo nada que hacer y no hago nada.

11 de marzo

Ayer mismo recogí mi tarjeta para el transporte público en Madrid. Hoy me recomiendan que no la utilice. Ayer era muy barata. Hoy es cara.

Estaba decidido a dejar el coche. Hoy me comprometo a usarlo… en caso de necesidad.

¿Mañana? 

7 de marzo

Diego me pidió el periódico que llevaba bajo el brazo y corrió a enseñárselo al amigo con el que jugaba. También rondaría los seis o siete años. Cuando volví a mirarlo, las páginas volaban por el aire y se desplegaban sobre el suelo. Los chiquillos observaban absortos.

– ¡No están pegadas!

Diego reía a carcajadas.

– ¡Qué raro es el periódico!

No tenía ni idea. De haberla tenido, me habría enojado. No soporto que se destruya la alineación de las hojas del periódico. Pero en aquella ocasión me aplacó la sorpresa de los muchachos: desconocían lo que es el periódico impreso: les pareció un objeto fuera de su tiempo.

El País recordaba ese día su tránsito hacia el pago de los contenidos de la edición digital.

10 de febrero

Hay días en que miro alrededor, más allá de las cuatro paredes de mi casa; observo lo que pasa alrededor y la depresión me arrastra a compartir los versos de Ángel González:

“Queda quizá el recurso de andar solo, / de vaciar el alma de ternura / y llenarla de hastío e indiferencia / en este tiempo hostil, propicio al ocio”

31 de enero

En las afueras de Hervás encontré esta postal. Mientras trataba de distinguir si animal vivo o peluche, se me ocurrió pensar: al menos, que esté cómodo. Podría ser el requisito principal de la hospitalidad, la actitud elemental ante quien llega. Convendría, tal vez, haber arreglado la hacienda, pero la urgencia o la economía quizás lo impidieron. La comodidad es, en cualquier caso, el primer ofrecimiento al que acogemos, la primera expresión de respeto.

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