(Día 31. Sesión de tarde) A Pedro Sánchez se le fue poniendo cara de presidente y tono de madre superiora a medida que avanzaba la sesión vespertina. Hizo como si ignorara la decisión final del PNV. Tal vez porque a esas alturas ya solo le importaba otro asunto: si Rajoy le hace caso y dimite. El presidente todavía en ejercicio se había ausentado, tal vez para que nadie pudiera escrutar su rostro y sus intenciones.

La moción, en cualquier caso, ha puesto sobre la mesa que otra actitud y otra política son posibles. Pero no basta un día excepcional en el Parlamento para hacerlo real. A ese respecto caben muchas más dudas.

En eso llega Aitor Esteban, un parlamentario ejemplar por su capacidad para compatibilizar con brillantez equilibrismo y pragmatismo. Suya fue, tal vez, por su complejidad, la intervención más interesante de la jornada; aparte de la decisiva.

Albert Rivera se reincorpora al hemiciclo cuando toma la palabra Joan Tardá. Quizás para escuchar el discurso que más podía ayudar a Ciudadanos. Tuvo razón: no podía imaginar mejor preámbulo. Tardá cumplió con creces lo que cabía esperar y Rivera, sin agradecerlo,  aprovechó el regalo. A Sánchez, bien es cierto, le cambió el tono. El representante de Ciudadanos había asegurado que trataría de convencer a Rajoy hasta última hora para que presente la dimisión y se convoquen elecciones. Sánchez se perdió en el cambio de tesitura; en algunos momentos parecía imitar a Rajoy.

Todo cambia con Pablo Iglesias. Eleva el volumen hasta convertir su intervención en mitin. Arremete contra el PP y Ciudadanos, reivindica los ayuntamientos, acepta la moción de Sánchez con un ambivalente «más vale tarde que nunca», le exige que detalle las medidas de gobierno e insinúa un reclamo final: un acuerdo de media legislatura. Queda claro que su colaboración resultará imprescindible, aunque también áspera. Pedro Sánchez asume en su respuesta –sin citar a su autor, como ya lo había hecho Aitor Esteban– algunos principios weberianos; es decir, reivindicando actitudes más propias de Íñigo Errejón. Iglesias reclama en su réplica la memoria de Suárez y Tarradellas.

Entre los diversos representantes de Podemos comparece Alberto Garzón, que alude a «al señor Montoro aquí presente». Tal vez hubiera preferido dirigirse a M.Rajoy «de cuerpo presente», pero no pudo hacerlo por la injustificable fuga del presidente del hemiciclo durante toda la tarde. El desaparecido compartió ese larguísimo tiempo con sus más allegados en un restaurante, recordando aquellos tiempos en los que el velorio y el funeral se aliviaban con perrunillas y aguardiente.

Por fin, en su último turno, Pablo Iglesias cierra una intervención memorable. Elogia a Pedro Sánchez, le pide disculpas por algunos disputas pasadas y, sobre todo, por no haber hecho posible un trabajo conjunto «que podría haber evitado algunas cosas». En esa línea ya no sorprende que, tras un meritorio análisis de la Transición, de la aportación del PSOE a algunas de las más importantes conquistas sociales y de la situación de la izquierda en el mundo, el programa de gobierno que deberá desarrollar el máximo dirigente socialista. Uno y otro cierran la jornada haciendo votos por el éxito conjunto de la izquierda en España.

No hubo violines, pero el momento lo merecía. De Rajoy no se sabía nada cuando Ana Pastor cerró la jornada. Hasta el día siguiente.

 

La dimisión, pendiente

(Día 31. Sesión matinal) El debate lo ganó Pedro Sánchez con una sugerencia a la puerta de su intervención: “Dimita, señor Rajoy, y esta moción de censura habrá terminado aquí y ahora”. El presidente en ejercicio, tras escuchar en los tres turnos anteriores la invitación de Pedro Sánchez, calló; solo a la cuarta esbozó una respuesta en la que, aparentando rechazar la propuesta de su rival, dejaba abierta cualquier posibilidad.

La dimisión hubiera sido la salida más razonable antes; es decir, tras la sentencia de la Audiencia Nacional por el primer sumario relacionado con el caso Gurtel. El PP lo descartó y así, en lugar de cerrar la puerta del Gobierno con sus propias manos, asumió la posibilidad de salir por una patada en el trasero. La opción de la dimisión tras la moción, y mucho más después de conocer el respaldo mayoritario a la misma, estará viciada; aún así penderá sobre el hemiciclo hasta el inicio de las votaciones.

Rajoy merece la expulsión, pero tiene en sus manos simularla. Esa es la razón por la que la dimisión aún es posible. Ahora, sí, aunque a la fuerza, con la contrapartida para Rajoy de conducir el gobierno, aunque de manera interina, hasta las próximas elecciones. Los partidos que han impulsado la moción se podrán apuntar en ese supuesto el mérito de la salida, de haber hecho todo lo posible para forzarla.

Resulta curioso que la dimisión de Rajoy tal vez permita –sobre todo, al PSOE– un próximo futuro más liviano, porque la moción puede conducir a quienes la gestionen a contradicciones que los debiten aún más de lo que están ante los próximos comicios.

El PSOE quizás haya quemado sus naves en este intento. Algunas de sus afirmaciones –el compromiso de mantener los presupuestos para 2018 que hace unos pocos días rechazó por múltiples y válidas razones, y la predisposición a negociar con los sectores nacionalistas e independentismo, sobre todo– van a ser esgrimidas contra él, incluso aunque fracase la moción. Sin embargo, el éxito le abocaría tal vez a movimientos electoralmente aún menos convenientes.

Concluido el debate matinal, Rajoy abandonó el hemiciclo a la carrera, sin dar tiempo a que la presidenta anunciara el receso previsto y la hora de reanudar la sesión. Por la tarde ni apareció. Ya sabía el resultado. Tenía que ir a casa:

– Viri, haz las maletas, que nos vamos.

O tal vez no.

 

Antecedentes

(Día 30). Al comienzo de la legislatura actual (2016) ya se sabía lo que ahora es un clamor: la mayoría de los ciudadanos e incluso del Parlamento no querían a Rajoy como presidente. Por eso se tanteó alguna opción alternativa al gobierno del PP. La más significativa la negociaron el PSOE y Ciudadanos, pero la rehusó Podemos, y así se volvió a la casilla de salida. A la postre, el PP consiguió el respaldo de Ciudadanos y la complicidad del PSOE en pro de la gobernabilidad y en contra del supuesto mal mayor: la triedición de elecciones.

Ya en aquellos momentos se planteaba si debería gobernar el candidato con más votos favorables o el que concitara menor número de votos de repulsa. Se debatía también sobre la conveniencia de un gobierno de alcance y tiempo limitados a la vista de las incompatibilidades inherentes a cualquier alianza previsible.

Ahora, un par de años después, aunque con algunas diferencias, ambas cuestiones han vuelto a aparecer sobre el tablero. Sin embargo, lo que entonces no prosperó ahora podría salir adelante gracias a las múltiples turbulencias vividas y sufridas en este país de países, paisajes y personajes. Dos años después puede llegar la reedición, con aires de revancha, de aquella primera oportunidad; con cierta probabilidad de que lo que entonces fracasó ahora arribe a puerto, siquiera de manera provisional y limitada.

La oportunidad contiene algunos valores: es una reacción adecuada a la situación política que atraviesa España, abre la puerta a la salida al gobierno actual (que no es poco) y la de entrada a otro que difícilmente será peor y cambia el paso de la noria en que se mueve el conflicto de Cataluña (que trae en jaque a la convivencia y al Estado).

Sin embargo, en los momentos previos al debate, en la que puede acabar la permanencia de Rajoy en el poder, asalta una duda preventiva que, como mínimo, invita a mirar el presente y, aún más, el futuro con cautela: ¿en qué momento se jodió la moción de censura? ¿Antes, en o después de su debate en el Parlamento? ¿O no se joderá?

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