«Irrational Man». Woody Allen, 2015

Con cada estreno de una nueva película de Woody Allen, algo que viene ocurriendo puntualmente año tras año desde 1983, surge una verdadera letanía de comentarios sobre si el cineasta se repite más o menos de un título a otro, si alcanza o no la altura de sus mejores creaciones –siempre, claro, a juicio del comentarista de turno–, como si molestase a alguien que una persona a punto de cumplir ochenta años, y declaradamente agnóstico, haya confesado que hace cine para afrontar de la mejor manera posible lo que le quede de vida. Y como si no tuviéramos que vérnoslas unos y otros cada poco tiempo con montañas de cine-basura, producciones de ínfima calidad fabricadas como churros por grandes productoras transnacionales o por cadenas de la televisión tan poco escrupulosas en sus criterios de selección como oportunistas en sus campañas de promoción.

En su más reciente aportación a la grande o pequeña historia del cine, Allen observa la evolución de un profesor de Filosofía en una universidad de Rhode Island. Eso le permite citar con profusión a autores como Kant, Heidegger, Husserl, Kierkegaard y otros, así como plantear cuestiones directamente relacionadas con la moralidad o no de los actos humanos y de las palabras, verdades o mentiras. Lo hace siguiendo el recorrido de Abe Lucas, psicológicamente hundido a su llegada al centro para impartir clases durante un verano, y que establecerá relaciones más bien frustrantes tanto con una compañera de claustro, Rita Richards (sobreactuada Parker Posey), deseosa de separarse de su marido, como con su alumna más destacada, la joven Jill Pollard (encarnada con convicción por esa especie de reencarnación de Mia Farrow llamada Emma Stone), que se enamorará de él aunque tiene un novio tan joven como ella y que vivirá la situación como un drama.

Si en su anterior creación, Magia a la luz de la luna (Magic in the Moonlight, 2014), Allen llegaba a la conclusión de que la racionalidad y la experiencia pueden verse neutralizadas de algún modo por la inesperada irrupción de las emociones, aquí prolonga y profundiza esa idea, haciendo que el profesor Lucas –eficaz Joaquin Phoenix, decidido a no suplantar al director en la pantalla, como han hecho antes tantos otros actores–, frustrado por lo que considera un fracaso absoluto en su trayectoria anterior como docente y como activista político, intente salir de la desesperada situación en la que se encuentra buscándole sentido a su vida mediante la extraña idea de matar a un juez venal cuyas tropelías ha conocido por casualidad. O quizá no sea tan extraña esa idea: ¿nadie ha soñado alguna vez que, puesto en una situación terminal, podría hacer un último servicio a la humanidad llevándose por delante a alguno de esos grandes corruptos que flotan indemnes en las pantanosas aguas judiciales?

Se dirá que también los terroristas islámicos y similares pueden esgrimir motivaciones de ese cariz, so capa de guerra santa, pero en estos casos se trata siempre de implicaciones religiosas y Allen ha demostrado hasta la saciedad que se mantiene al margen de tales fantasmagorías. Por eso es mucho más interesante su propuesta de que un individuo pudiera enderezar de algún modo su vida cometiendo una acción que el sentir común y su propia racionalidad consideran criminal.

Es cierto que cuando las disquisiciones de carácter moral dan paso a elementos policiacos y de intriga, a la hora de aclarar la realidad de los hechos, el pulso de la narración decae y se pierde por varios vericuetos. Y que el uso y abuso de las voces over de Abe Lucas y Jill Pollard para explicitar sus descubrimientos, reflexiones y cambios de actitudes lastran también el desarrollo de un argumento que quizá el director y guionista no ha llegado a rematar con demasiada precisión. Aunque el filme acabe con un nuevo guiño humorístico puede que demasiado fácil, pero introducido a todas luces para huir de cualquier forma de moraleja, que sería imperdonable una vez aceptada la sustancia misma del planteamiento.

Aun con todo eso, sigue siendo estimulante encontrar cada año una nueva mirada a ratos juguetona y a ratos reflexiva de un cineasta que ha sabido darle a su dilatada filmografía un aire de ensayo sobre los temas más variados, sin caer por eso en las pretensiones de trascendencia ni en la tendencia a pontificar, pero sin renunciar tampoco a sus singulares puntos de vista. Es de desear que todo eso se mantenga incólume ahora que el director neoyorquino parece haber aceptado la idea de dirigir una serie para Amazon

 

FICHA TÉCNICA

Dirección y Guion: Woody Allen. Fotografía: Darius Khondji, en color. Montaje: Alisa Lepselter. Música: Ramsey Lewis. Intérpretes: Joaquin Phoenix (Abe Lucas), Emma Stone (Jill Pollard), Parker Posey (Rita Richards), Jamie Blackley (Roy), Ethan Phillips (padre de Jill), Meredith Hagner (Sandy), Ben Rosenfield (Danny), David Aaron Baker (Biff). Producción: Gravier Productions (Estados Unidos, 2015). Duración: 95 minutos.

 

Más información en programadoble.com, el blog de Juan Antonio Pérez Millán.

Sobre El Autor

Artículos Relacionados

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.