A la espera de la publicación de La escapada, su última novela, me rondada esta pregunta: cómo Gonzalo Hidalgo Bayal consigue que el narrador sobreviva al estudioso de la narrativa y de sus diferentes herramientas, dado que ambas circunstancias coinciden en él y de manera sobresaliente. De otro modo: en qué medida el filólogo limita o controla al narrador o cuánto esfuerzo requiere someter al estudioso a la ausencia de corsés o a la libertad que la literatura exige.

Estas reflexiones provienen de un hecho incuestionable: admiro tanto al narrador GHB como al analista que también es; el que escudriña en la obra de terceros o el que reflexiona en torno a la literatura o la vida. Mis preguntas, lo admito, tenían buenas dosis de retórica, porque he disfrutado sin recato con la obra literaria del autor extremeño, con sus agudos ensayos e incluso con algunas intervenciones publicas siempre repletas de sutileza y sentido del humor.

Así ha sido desde el descubrimiento de Paradoja del interventor y no solo lo que vino después –Sed de sal, Nemo y, capítulo aparte, El espíritu áspero–, sino también con lo anterior –El cerco oblicuo, Amad a la dama o Campo de amapolas blancas– e incluso sus ensayos ferlosianos o sus cuentos de princesas. O sea, que, coincidiendo con algún colega respetable (dicho sea a la búsqueda de coartadas), me confieso más que un lector asiduo y voraz de Gonzalo, de Hidalgo y de Bayal, en un devoto de su obra.

Tal vez aquellas dudas fueron consecuencia de la impaciencia, de la espera ante el último reclamo: la inmediata aparición de La escapada. Después de haber leído la nueva novela de GHB, he encontrado cierto alivio retroactivo en una entrevista en El Cultural, firmada por Andrés Seoane, en la que el escritor explica que “A veces me pregunto si la estilística no será una forma de encubrir o camuflar la insuficiencia del contenido o la propia ignorancia. Pero lo cierto es que hasta que no considero aceptable el sonido de la prosa, el ritmo, la sintaxis, no me parece que el texto esté acabado”.

Aún más: “A veces pienso que me excedo en lo intelectual y me reprimo en lo sentimental. Y me fastidia un poco, porque lo sentimental es más narrativo. Todo sea por no caer en melodramas”. Y todo ello tras una afirmación que resuelve el conflicto: “Nunca me he forzado a escribir una novela, siempre he partido de una ocurrencia repentina” o “A mí me bastaba escribir sin prisa”. Sus reflexiones en torno a la tensión entre el genitum y el factum ferlosianos aportan respuestas a aquellas cuestiones previas.

Unas cuestiones que perdieron interés, sumidas en su anclaje retórico o simplemente volatilizadas apenas abierto el libro. Ahí comenzaba la única reflexión valiosa: el placer de la lectura, la evocación de lo que fuimos y hemos venido a ser, el descubrimiento de un personaje formidable, cargado de lírica y ausente de épica, eminentemente bayaliano, al que los lectores guardaremos en nuestra memoria: Foneto. Y al juego entre el narrador, que, más allá de la primera persona, remite con frecuencia, aunque sin ánimo confidencial, al propio autor, para involucrarse en ese ejercicio en que «uno piensa el bayo y otro el que lo ensilla».

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