Le di la razón a Iñaki cuando le dijo a su hermano Ángel que no se metiera en el berenjenal del Partido Socialista y, a mayores, en el de Madrid, después del quilombo que habían preparado los Sánchez, los Gómez y los que pulularon, pululan y pulurarán tras esas identidades genéricas.

Tenía razón Iñaki, días después, cuando elogió la valiente e insensata decisión de su hermano Ángel, por el riesgo de salir trasquilado, después de haber conseguido un significativo respaldo en los círculos (aquí llamados agrupaciones) socialistas madrileños y en aras de un compromiso público firme en tiempos oscuros.

Estoy casi seguro (mañana le llamaré) de que mi amigo Luisfe también le dará la razón a Iñaki por ambos comentarios, aunque él, por convicción y por memoria, siga afiliado al PSOE con la misma confianza y la misma certidumbre con las piensa a veces en romper el carné y abandonar las causas perdidas e incluso las pocas que, sin saber por qué casualidad, se ganan.

Luisfe es el nombre de mucha gente que peleó en las agrupaciones (o círculos) del PSM, desde la corriente de Izquierda Socialista que aún se empeña en que el PSOE sea socialista, para que Ángel Gabilondo fuera el candidato del partido a la Asamblea de Madrid; los mismos que se rompieron la cabeza contra el muro de los que, defendiendo la causa de los militantes, defendían sus propias aspiraciones: ¡Vivan las primarias, que excluyen como candidatos a los no afiliados!

Los Luisfe salieron de la confrontación ideológica e incluso de la última disputa sin un excesivo desaliño, porque están tan acostumbrados a la derrota que la desilusión solo podrá afectarles por motivos distintos. Y de repente, zas: Ángel Gabilondo es el candidato mayoritariamente aceptado, el que hace prever un resultado electoral, al menos, más apacible; el tipo que, no perteneciendo a la casta, puede poner en evidencia con su discurso y sus maneras a cuantos reclaman el final de los mismos de siempre.

Tal vez tengan razón. Este profesor de Metafísica, que fue fraile antes que catedrático, sí parece un agente extraño en la política al uso y, sobre todo, en los modos políticos al uso respecto a la confrontación de ideas, a la articulación de mayorías, a la actitud de escucha y de sosiego. Hay quienes creen que toda esa bonhomía es apariencia. En toco caso, esa es su marca y deberá ejercerla para, desde la diferencia, ofrecer una salida a los que él ha acogido (al PSOE) y no a los que creen haberle acogido.

Sin embargo, mi amigo no debe estar muy confiado. ¿Puede un hombre solo, y unos pocos luisfes, cambiar las tendencias cainitas, las ambiciones internas, los tejemanejes cotidianos de los ex (los que fueron y tratan de seguir siendo secretarios o barones)? ¿Puede un hombre solo marcar un rumbo nuevo, coherente con su pasado y las necesidades de una sociedad decepcionada? ¿Le valdrán para algo los apoyos externos, mientras los tenga, antes de que empiecen a exigírsele intercambios de favores?

Esta mañana he comprobado que el magnolio del jardín está listo para florecer. Es un momento al que merece la pena asistir cada año. Dura quince días.

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