Las ruinas de Cáparra intuyen una ciudad romana digna del principal de sus vestigios, el arco cuadrifronte, único en España, que las preside. Con él de fondo y sobre lo que fue el foro de aquella población se ha habilitado este año, por vez primera, un escenario y un graderío para celebrar una nueva extensión del Festival de Teatro Clásico de Mérida. Una iniciativa loable por lo que supone simultáneamente de promoción del teatro y del espacio histórico y cultural de Cáparra.

El festival lo inauguró una tragedia fundamental, el Edipo, de Sófocles, versionado por Miguel Murillo, dirigido por Denis Rafter y coproducido, hace ya un par de años, por el FTCM y Teatro del Noctámbulo, lo que reconoce una destacada implicación de actores, técnicos y equipo de dirección vinculados a Extremadura. El Festival de Mérida ha trabajado en este sentido desde hace algunas ediciones, lo que abunda en su valor como dinamizador cultural.

Resulta encomiable el esfuerzo organizativo para adaptar el espacio de Cáparra a las exigencias de una iniciativa tan compleja, desde las múltiples necesidades escénicas a los aparcamientos y a tantas otras tareas auxiliares en un espacio carente de los más elementales requisitos técnicos. Y todo ello, para apenas tres representaciones en tres noches consecutivas.

Hubo limitaciones, claro: un escenario que limitaba el montaje previsto y, en cualquier caso, descompensado ante un símbolo tan poderoso como el arco romano; un asumible desajuste entre las gradas y la escena que no siempre permitía seguir al mismísimo Edipo o algún fallo en el sonido que afectó fundamentalmente a Yocasta; una primera fila de público tan noble y recomendada como desigual respecto al incómodo graderío; y otras que mejor que nadie conocen los propios protagonistas. Esas deficiencias, asumidas sin más, resaltaron aún más el esfuerzo para ofrecer un trabajo y un espectáculo dignos, que hacen honor a quienes lo promovieron. Como recompensa las persépidas surcaron el cielo en medio de la representación para recoger, tal vez, el deseo o la ilusión de que esta iniciativa tenga continuidad en próximos años.

La versión de Miguel Murillo del Edipo de Sófocles sitúa al personaje central ante un tema absolutamente crucial en este tiempo: la obligación moral de los dirigentes públicos, tanto mayor cuanto más alta sea su responsabilidad, en la búsqueda de la verdad y en la asunción de sanciones, incluso en el ámbito privado, a quienes incumplen el deber ético o político de su actuación pública.

En esa tesitura el coro demuestra los vaivenes de una sociedad que fluctúa entre la sumisión al líder, la denostación de la crítica, la exigencia de responsabilidades y, a la postre, la perplejidad ante el final de la tragedia. Con ello, y con una cierta voluntad pedagógica para facilitar el seguimiento de los hechos en que se basa la tragedia, la dramaturgia incrementa la intriga y reduce la fuerza ineludible del destino, de los dioses, que obligan al hombre a asumir no tanto su propio sino como su sometimiento a los designios superiores de la efigie o los oráculos, que en este tiempo, está fuera de cualquier duda, ya no son las divinidades imaginadas sino los verdaderos demiurgos de la realidad en que vivimos y sus mediadores más obscenos.

Frente a una obra de estas características y un montaje amparado por la iniciativa pública, tal vez hubiera sido posible una escenografía más sutil, menos dada al espectáculo que a la coherencia, y también unas interpretaciones que limitaran la impostación trágica y el grito, para abundar con mayor atención en los matices, en la pasión íntima, en la fatalidad que obliga tanto a la impotencia como a la rebeldía. La puesta en escena cumple los objetivos marcados, pero carece de la brillantez que siempre reclaman los clásicos.

Queda en cualquier caso la dignidad de un trabajo en este caso plasmado en un ejemplar empeño. La promoción cultural, tan necesaria y tan relevante, encuentran en el Festival de Mérida un ejemplo formidable.

Sin embargo –y esto escapa al comentario estricto sobre el Edipo de Cáparra–, de un tiempo a esta parte, tal vez por los recortes o por la manera de entender la cultura que los responsables públicos alimentan, se ha reducido la ambición de unos montajes dramáticos capaces de actualizar y reavivar el extraordinario valor de símbolos imperecederos como el teatro clásico en general y el griego en particular. Hubo tiempos mejores o, al menos, con menos restricciones y menos faranduleo; al menos.

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