mendozaEduardo Mendoza no defrauda. Su sentido del humor y la ironía, su capacidad para el disparate a través de personajes formidables, su ritmo y las referencias permanentes a una realidad de la que recoge y sobre la que proyecta buena parte de su propia caricatura e incluso de su absurdo atrapan en una narración sin pausas. Eso es también El secreto de la modelo extraviada (Seix Barral, 2015), superpuesto sobre otro modelo, el de una ciudad que cambia y permanece, o se adapta.

El protagonista vuelve a ser un personaje estrafalario al que la casualidad convierte en detective. Con él Mendoza muestra que sigue la senda de sus novelas anteriores , desde El misterio de la cripta embrujada (1979), El laberinto de las aceitunas (1982), La aventura del tocador de 10475062015Grandesseñoras (2001) hasta El enredo de la bosa y la vida (2012). Una pista definitiva para los seguidores de su narrativa y de su ciudad, siempre prodigiosa, aunque también “capital del baratillo y de la idocia”.

Una novela para el entretenimiento, escrita desde la inteligencia y el sarcasmo, con referencias sencilla y divertida, sin grandilocuencias, que estimula al lector a convertir su tarea en un acto creativo, interpretando, proyectando, contrastando lo leído con hechos conocidos o con expectativas por conocer.

Mendoza no solo conoce el oficio de escribidor sino el del lector dispuesto a reír, a pensar, a cambiar la mirada para ver nuevos ángulos de la realidad que inevitablemente nos envuelve. Por eso, sus novelas, que algunos sabios tienden a calificar de menores –por su sencillez, su agilidad, su fácil lectura–, se hacen siempre mayores.

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