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No se trata de resolver un sudoku o encontrar un algoritmo.

Porque tampoco se pretende cualquier gobierno por el mero hecho de que sea posible.

Ha empezado el baile y aún no se sabe qué es primero, segundo, tercero…; si el líder, el partido, el país, los ciudadanos… o la idea que de cada uno de ellos nos han hecho o nos hemos hecho. Y lo que quede.

Por el momento, sin haber concluido aún la digestión del estropicio provocado entre todos sobre las cómodas cábalas de otros tiempos, casi todo es ruido.

Cada afirmación solo tiene valor de presente. Sin embargo, algunos indicios abren o cierran puertas de futuro. También se piensa (lo piensan los partidos y sus dirigentes) en prever un relato que haga digerible el tránsito desde lo que se dijo en campaña hasta lo que se acabará diciendo en el próximo futuro. Y simultáneamente se considera lo que habrá que decir si, después de los giros sobre sí mismos, hay que volver a la campaña. Un batiburrillo, cuanto menos.

La lógica o la argumentación que alude a lo que importa al país se entrecruza con lo que interesa a cada partido y, con frecuencia, con lo que atañe a las aspiraciones de algunos de sus líderes.

Están en juego, ahora mismo, el futuro político de Mariano Rajoy y el de Pedro Sánchez. Por eso les azuzan los suyos. Y por eso mismo, aunque sus formaciones tal vez desearan unos nuevos comicios, puede que sus bazas personales pasen por no tener que volver a las andadas. O viceversa.

El futuro político de PSOE y Ciudadanos está en peligro. Aunque una segunda vuelta podría favorecer a sus extremos, algunos dirigentes piensan que esa nueva ronda podría mejorar su estatus. Por eso sus bazas pasan por no tener que volver a unas elecciones. O por tenerlas.

La capacidad de autodestrucción del PSOE es proporcional a la desmedida ambición de algunos de sus dirigentes. La capacidad de destrucción de Aznar es inferior a su autoestima.

El PP y Podemos se creen menos vulnerables al terremoto, pero nada puede darse por cierto.

PP y Ciudadanos están prestos para el acuerdo mutuo, mas no les bastan los números, pese a que ellos solos puedan sumar más escaños que otra alternativa con visos de éxito: la fuerza de los noes contra las abstenciones; o del nacionalismo dispuesto a decir sí ausentándose tras las bambalinas.

Podemos alentó las expectativas de una izquierda con votos, pero, llegado el momento de conquistar o reconquistar derechos, antepone otros ajenos a los que conculcaron la crisis, la desigualdad, la explotación… Antepusieron el llamado “derecho a decidir”, que, dicho así, y aparte de afectar a unos pocos, se antoja el más absoluto de los derechos en contraposición al “hecho real”, por el que todos estamos aquí sin haber decidido nada –¿o a alguno le pidieron opinión para saber si quería estar en este tiempo y este lugar?

Certainty-and-Confusion

La izquierda puede morir en los márgenes del nacionalismo y la integración territorial. La derecha solo puede salir triunfante con la complacencia de alguno de los nacionalismos periféricos.

El PSOE puede alentar una negociación compleja y ardua con Podemos, que llevará a ambos a explorar sus propios límites. Al juego se sumarán, beligerantes, todos los demás, incentivando el descalabro irreversible de la izquierda posible. Pero ese mismo riesgo puede convertirse en el acicate más sólido para el acuerdo. Pero también cabe que los valedores, mediante la abstención, de ese compromiso se movilicen con actuaciones paralelas en sus propios territorios. El galimatías español puede favorecer o coincidir con un arreglo a la catalana, contra natura. Y el desbarajuste completo estará servido.

Cualquier salida será contradictoria.

La mayor contradicción de todas la provocaría el pacto mayoritario, el triunfo definitivo del denominado bipartidismo. La predicción autocumplida. No es descartable. Si se consigue trasladar a la sociedad el fantasma de una situación excepcional –los medios y la predisposición para hacerla creíble ya existen y los gobiernos territoriales o el Tribunal Supremo pueden acreditarla definitivamente– los dos partidos mayoritarios sentirán un vértigo insuperable que les invitará a desdecirse del desacuerdo que anunciaron al comienzo del baile. Solo el PP habrá permanecido en su sitio y todos los demás serán responsables y cómplices.

Este es el lío, el tremendo barullo, el resultado de la confusión en que se desarrollaron las elecciones. Un quilombo tan grande que maldita la falta que hace empeñarse en entenderlo. Cuantas más ganas y más prisas se sientan (ellos o de nosotros) por resolverlo, peor para el entendimiento.

“O tempora o mores!”, Cicerón dixit.

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