El 24M abrió las puertas a una nueva oportunidad. Lo del cambio de era, aunque limitada en sus objetivos al final de eso que ha dado en llamarse bipartidismo (trastocando, como tantas veces en el lenguaje político, el significado del término) ya resultaba excesivo.

A las pocas horas de la finalización del escrutinio, las primeras decepciones no admitían paliativos, pero las aparentes victorias se antojaban confusas. Los derrotados se veían obligados a reconocer su fracaso. Los que presumieron de victoria, enfrentados al futuro, y no solo al pasado, teñían su propio porvenir de incertidumbre.

El PP, el gobierno, Mariano Rajoy salían malparados y buscaban excusas: fallos de comunicación, dijeron, tras un proceso de reflexión estúpido. Ese subterfugio forma parte de los manuales más tópicos de la superchería partidista.

El PSOE seguía empeñado en negar su retroceso en apoyo ciudadano y se conformaba con la expectativa de recuperar posiciones de gobierno en ayuntamientos y comunidades autónomas a través de posibles pactos.

Podemos ocultaba como podía su descenso respecto de los augurios demoscópicos y se  tapaba su decepción con éxitos que no eran, al menos completamente, suyos: los de las plataformas de unidad popular y, en especial, las de Madrid y Barcelona.

Ciudadanos repetía similar comportamiento, tras unos resultados muy inferiores a los previstos siete o diez días antes, pero podían tocar poder y ser decisivos en lugares tan importantes como la Comunidad de Madrid.

Esta reflexión son en sí mismas el signo de un fracaso: el del tiempo nuevo al que todos, salvo el PP, convocaban. Nada de nueva política, pura aritmética electoral, territorio predilecto de los políticos de viejo cuño y los politólogos que aspiran a su relevo. En esa tesitura hubo candidatos que pusieron en evidencia el mal estado de sus frenos, como el castellanomanchego García Page o el gaditano Kichi González. ¿Pensaron que Podemos o el PSOE estaban obligados a entregarles los votos que les faltaban? Corrieron el riesgo de derrapar en plena recta y acabar haciendo un trompo.

Exactamente, de 180 grados, como le reclamó muy pronto Pablo Iglesias al PSOE, para luego recular en el viraje, porque también Podemos se enfrentaba a negociaciones complejas. A medida que los representantes de los partidos de la casta y los emergentes empezaron a mirar hacia el futuro sufrieron el pánico de las elecciones generales pendientes. Los pactos imprescindibles, los necesarios y los posibles tropezaban con el interés de cada bando en la competición siguiente. Y hoy nadie duda de que esa perspectiva marca y marcará, al menos, el incierto y, muy posiblemente, irrelevante primer tramo de los nuevos gobiernos salidos del 24M.

Los intereses de la gente, por los que casi todos abogan, se supeditan a los intereses de los partidos: bipartidistas o emergente. El debate sobre los modelos de ciudad y las políticas urgentes se resuelven en unos pocos eslóganes, como máximo de 140 caracteres, faltaría más. El objetivo consiste, antes que nada, en no quemarse; en saludar, sin acercarse, al que sugiera abrazarte, porque puede ser un oso e incluso es probable que lo sea. ¿Y el cambio?

Los medios de comunicación siguen pontificando y reclamando lo nuevo. Los lees, los escuchas o los miras y sigues sin saber a qué se refieren o en qué punto se han gripado.

Se arguye que la gran novedad del resultado electoral consiste en que, por primera vez, los electores han dado un puntapié a la corrupción. Ni siquiera ese aserto resulta evidente. Más bien, un cúmulo de circunstancias ha influido en el descenso espectacular del PP para que siga siendo la fuerza política más votada y en el declive progresivo del PSOE, que aspira a beneficiarse del barullo.

La oportunidad que se desprendía de los resultados de hace una semana requiere vitaminas. Los intereses de la gente podrán defenderlos… la gente. Los elegidos que sí o no, ya veremos, la representan, están a día de hoy en otros asuntos.

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