Pablo Iglesias dice bien: no tiene nada de qué arrepentirse. Al menos, en lo que a la compra de su casa de campo se refiere. Hizo lo que consideró conveniente y dijo (antes) lo que pensaba.

Entre lo uno y lo otro no advirtió de que había cambiado de idea.

¿No le pareció necesaria ni conveniente la explicación?, ¿la consideró irrelevante?, ¿presumió que, llegado el caso, podría someter a consulta de las bases su cambio de opinión?

Las contradicciones son propias del ser humano: habituales, frecuentes e incluso, en ocasiones, convenientes. Pueden sorprender en principio, pero la sorpresa también es legítima y no avala la confabulación de los que critican o el asedio de las fuerzas del mal, todas. En tal caso una tercera parte de los votantes de Podemos –lo sabemos ahora– estaría de acuerdo con la conspiración.

Un hecho normal se sitúa así en el terreno de lo oscuro y la reacción en el de la maquinación. La nueva política se identifica así con la más vieja: secretismo, excusas, tergiversaciones, intrigas… ¿Se habría aceptado este procedimiento en un partido ajeno al que dirige Pablo Iglesias?, ¿habría obtenido idéntico resultado Irene Montero en solitario?, ¿por qué los interesados han decidido convertir un asunto privado en una cuestión pública y política?

Pablo Iglesias no tenía de qué arrepentirse. Sin embargo, ha acumulado preguntas. Que permanecerán. Porque a ellos, a Podemos, no le hacen daño los hechos sino las preguntas. A otros les acosan los hechos, contra los que ya no caben respuestas.

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