Alguien decidió recordar a El Adelanto, un periódico salmantino que con 130 años de historia (menos dos meses) que dejó de publicarse el pasado mes de mayo. Muerto de muerte, más que natural, anunciada.

Me propusieron participar en el evento por el único mérito o justificación de haber trabajado en el diario. Y acepté el embolado, más que la invitación, porque el liante era un colega de antiguo (aún no centenario) y por no se qué otros motivos.

Afortunadamente, dos historiadores de la novísima escuela salmanticense, Santiago Díez Cano y Lola de la Calle, abrieron el acto para resaltar algunos aspectos relevantes de la Salamanca que, a su manera, reflejó el periódico a finales del XIX y a principios del XX. Y luego, el propio liante, Ignacio Francia, repasó con la meticulosidad que le caracteriza, los 130 años de vida de El Adelanto hasta su muerte. Con esa palabra terminó su intervención.

Sólo había que añadir RIP. Pero entonces tuve que intervenir, convencido en aquel momento, de que me habían invitado a hacer el ridículo (nada tenía que aportar a los que lo sabían todo y ya lo habían contado) y que yo había aceptado, sonriente, con la inconsciencia de un estúpido.

Visto lo visto, tuve que ejercer de bufón, a falta de saberes mayores. Aunque detesto a quienes se suben a una tarima para hablar de sí mismos, no encontré otro remedio que referirme a la experiencia vivida en el periódico que me hizo periodista.

 

Preámbulo sobre el cierre de un periódico

Para no aumentar el grado de la contradicción encubrí que reniego de los habituales lamentos que suelen acompañar a la desaparición de un periódico por el mero hecho de su óbito. Me resisto a compartir que, cuando se cierra un medio de comunicación, se pierda un poco de nuestra libertad de expresión o de nuestra democracia. (¿De qué libertad de expresión se habla en esos casos?, ¿quiénes la detentan?, ¿a qué democracia se refieren los que afirman tal cosa? o por decirlo de una manera más imbécil, ¿a qué Demos pertenece ese Cratos?).

En definitiva, que ese principio mayoritariamente asumido, sobre todo por los periodistas, de que la libertad de expresión y la democracia somos nosotros, me parece un engañabobos, una patraña o, simplemente, y eso quizás sea lo más seguro, una estupidez…

O sea, no estaba allí para lamentar nada en virtud de ninguna causa suprema (sí, para lamentar la pérdida de puestos de trabajo), sino para explicar cómo había vivido la realidad de un periódico profundamente contradictorio en un momento anterior a su decadencia definitiva. Una decadencia, provocada desde fuera y desde dentro, lo que evitaba cualquier intento de homenaje.

A partir de todo eso que no dije, me dediqué a interpretar las notas que había pergeñado, porque no voy a dejar todas las tonterías que se me ocurren para el juicio final ni tampoco para el testamento que aportaré a mis deudos (o, mejor, deudas, hasta ahora) y que pretendo aligerar en todo lo posible porque los notarios cobrar el folio a precio de solomillo y, a esas alturas, uno espera estar, por mero cálculo de probabilidades, bastante tieso.

Sea.

 

Periodismo y dictadura

Trabajé en El Adelanto desde finales del 70 (siglo pasado) hasta septiembre del 79 (del mismo siglo, por supuesto). Fue culpa del azar. Una casualidad me llevó, apenas entrado en la veintena, de corregir pruebas en una editorial a escribir de fútbol los domingos para La Hoja del Lunes de Salamanca. Y con apenas un año de antigüedad en el oficio, el director de aquel semanario me llevó al diario del que acababan de hacerle director. Y yo, sin tener ni idea de qué quería ser de mayor… Asunto resuelto.

Así, me encontré, de pronto, en un oficio que desconocía por completo y en un periódico en el que se ejercía un periodismo sin escuela; es decir, con profesionales formados en el campo de batalla, sin otros conocimientos de táctica ni estrategia que los aprendidos de reojo, mirando a los pocos y, en su mayoría, malos ejemplos imperantes, deudores de un planteamiento decimonónico.

Aún peor, todo ello, en plena dictadura. Una realidad ante la que no caben bromas ni eufemismos; tampoco comparaciones con otras circunstancias, porque esta es esencial y cualquier análisis que trate de obviarlo falsifica la realidad, el juicio e incluso la justicia.

Periodismo y dictadura. Otra contradicción, sin atisbo de ironía, aunque, a la vista del estado del periodismo en la actualidad, aún entren ganas de pensar si no había más profesionalidad y rigor en la intención periodística de un buen grupo de profesionales de aquellos años que en estos otros tiempos tan reblandecidos ideológicamente por múltiples intereses, sometimientos empresariales y cesiones profesionales.

En aquella época, además, teníamos coartada: escribíamos, yasí lo decíamos, entre líneas. Tratando de sortear la furia y la imbecilidad del régimen, una combinación delirante que provocaba situaciones absurdas.

 

Primera digresión

Un viernes del 72 o el 73 el director necesitaba cerrar una página del suplemento dominical y decidió cubrir el hueco que detectó al ajustar el plomo en la rama con una foto y su correspondiente pie (todo ello ahora se denomina fotonoticia). Echó mano del envío fotográfico de la agencia y encontró la imagen de un cura extranjero (usaba clergyman) sobre cuya cabeza flotaba una voluta de humo en forma de corona, fruto de su adicción al tabaco.

– Ponle un pie a esa foto, me dijo.

Y a mí, que debía estar en babia, se me ocurrió relacionar aquella imagen con la devaluación de la corona, con lo efímero del aura que provocaba el humo, con la inconsistencia de ese tipo atributos. La moneda sueca, era cierto, acababa de ser devaluada y lo demás tenía que ver con el desprecio de la beatitud y la realeza, en una época, bien es cierto, en la que  se hablaba de la designación del Príncipe de Asturias como sucesor a la Jefatura del Estado. Esto ni se mencionaba, por supuesto. O sea, un comentario más oscuro que el clergyman, del que cualquier periodista se avergonzaría en otra circunstancia. Sin embargo, a los pocos días, llegó un oficio por el que se comunicaba la apertura de un expediente por tan subversivo pie de foto. O tal vez, por la propia foto.

Otro día, 7 de septiembre, víspera de la patrona de Salamanca, en el salón noble del Ayuntamiento fueron investidas la reina y damas de honor de las ferias y fiestas con la parafernalia de las grandes celebraciones: maceros de pacotilla, medallas plateadas de los ediles, discursos vanos para reconocer la belleza de la mujer salmantina, supuestamente representadas por hijas, sobrinas o allegadas de concejales o prebostes locales.

Otra vez en babia, se me ocurrió hacer la crónica (a falta de escuela, el estilo era siempre libérrimo) en dos escenarios paralelos: lo que ocurría dentro del salón noble y lo que acontecía en la Plaza Mayor, justo al lado, donde nadie prestaba atención a tan fausto acontecimiento, para concluir que la vida era así: los unos y los otros llevaban el paso cambiado y los barandas… Bastó esa palabra para que la autoridad competente conminara al periódico a defenderse por desacato. Otra vez el temible Tribunal de Orden Público al acecho.

Dos días más tarde, dispuesto a darme oportunidades para que me concentrara en los hechos objetivos, el director me envió a informar sobre un concurso de pintura entre escolares de corta edad, que se celebraba en la siempre inevitable Plaza Mayor con motivo de las fiestas en la que seguíamos. Todo bien hasta que los niños subieron a recibir los premios de manos del señor alcalde. Los pequeños desobedecieron al conserje municipal, el imprescindible Vicente, y en lugar de esperar en pie al corregidor, aprovecharon lo mullido de la moqueta aterciopelada para sentarse y alborotar al consistorio. Volvió Vicente a advertir a las criaturas de que el alcalde estaba a punto de llegar y debían recibirle en pie y aplaudirle con fervor. La muchachada ni se inmutó a la llegada del señor mayor y, en lugar de aplaudir, gritó al unísono: «pi pi hurra, pi pi hurra…». Y yo, en babia de nuevo, añadí: «Si en lugar de tener un alcalde tan serio y riguroso como el que tenemos, hubiéramos tenido a otro más expansivo, tal vez hubiera respondido ‘Hola, don Pepito; hola, don José!’”. Otra vez la amenaza del Tribunal de Orden Público, otra vez el Gobierno Civil acusando de desacato, otra vez, y supuse que ya definitivamente, en babia.

Más, hete aquí, que al alcalde en cuestión le agradó la broma y, sin conocer, el enojo del gobernador, envió al director del periódico una carta agradeciendo la crónica cariñosa y simpática del concurso infantil. El jefe, sabio, corrió con la misiva al gobernador civil para argüir que no cabía desacatar a una autoridad agradecida. Y así nos libramos del proceso y de los dos sustos, de una sola vez, y yo pude seguir en babia durante otro buen rato.

 

Contar como si no

En ese contexto absurdo el periodismo era una quimera. A veces resultaba divertido sacarle punta a lo más banal, descontextualizar hechos para extraer otras sugerencias, escribir entre líneas. De esto hablábamos mucho; en parte, para justificar nuestra actividad y no sentirnos colaboradores de un sistema que despreciábamos y unas autoridades y unos valores que nos repugnaban.

No había que explicarlo: los lectores leían entre líneas y los escritores escribían entre líneas y esa tendencia generó tanta adición que muchos enfermaron: leían lo que nadie había querido escribir o escribían lo que nadie podría entender al leer. Periodismo del absurdo, sobre todo, visto desde ahora: ¿que pueden leer entre líneas los seguidores de programas como Sálvame, El gato al agua, Te vas a enterar o Al rojo vivo? ¿Qué podrían decir entre líneas sus propios conductores, los máximos responsables de medios como La Razón (elegido aquí simplemente por la contundencia de su propia denominación) o La Gaceta Regional (por su carácter salmantino) o los más doctos y sabios tertulianos que cabalgan de emisora en emisora, impertérritos sabedores de lo obvio y lo ignoto sin duda ni titubeo?

 

Recursos de provincia

Volvamos a El Adelanto del que proceden estas reflexiones.

Como consecuencia de todo aquello, el periódico ofrecía a sus lectores una crónica social, no incómoda para el poder; sobre todo, para un poder local muy poderoso y estratificado y no solo político: la universidad, el campo charro (ganadero y terrateniente), la clerecía. Ellos imponían la esencia de lo lígrimo, la salmantinidad, las esencias. Cada uno de ellos, muy poderoso; juntos, todavía más, y aliados todos ellos con la dictadura, pura asfixia.

Había en aquel periódico cierta voluntad de no ser condescendientes y aprovechábamos los vericuetos que se nos ofrecían: por ejemplo, las visitas del gobernador a los pueblos de la provincia. El baranda dedicaba un par de días a la semana a darse un baño de multitud, reuniéndose con buen número de vecinos, capitaneados por sus respectivos regidores municipales, correctamente seleccionados sin necesidad de voluntad popular.

En aquellos años de manifiesta decadencia del régimen, y ante sus convecinos, los alcaldes no podían ocultar las más claras deficiencias de cada municipio. Y todo ello, expuesto en público y transcrito en el periódico, se convertía en el relato crítico de la realidad rural aprovechando actos promovidos con otro fin, y por ello sin réplica oficial, porque, en ultima instancia, tampoco se ocultaba el punto de vista o el contrapunto a tiempo y a destiempo de la máxima autoridad, con sus eslóganes imperiales.

(En este momento Nacho Francia interrumpió mi brillante intervención para recordar la frase de un gobernador, de nombre Ulpiano, que concluía todas sus intervenciones con una frase escatológica: «Que la muerte nos encuentre en posición vertical, como las cruces de nuestros caídos». Amén).

Con el propósito de ofrecer irreverencias entre líneas aprovechábamos la afluencia de personajes relevantes a los Cursos de Verano para extendernos en su propia visión del mundo y para formular preguntas ajenas a la lógica imperante. Era lo que podíamos o, más exactamente, lo que se nos ocurría.

 

Cuestiones empresariales

El Adelanto era, para colmo, una empresa de corte precapitalista o, para ser más exacto, feudal, en la que el dueño de la misma se hacía llamar «el amo». No merece la pena abundar más en ello.

Sí se puede explicar el espacio en que trabajábamos, insalubre desde todos los puntos de vista: por el plomo, la tinta y la oscuridad… El taller donde se encontraban las linotipias, las mesas donde se organizaban las galeradas de plomo dentro de las ramas, los cajones de los tipos con los que manualmente se confeccionaban los titulares, la mesa del regente y el corrector, eran una aberración contra la salud y el más mínimo respeto laboral.

La redacción consistía en un espacio de quince metros cuadrados con una mesa de redacción de 1.50 por 3 metros iluminada por unos tubos de neón, un par de máquinas de escribir sobre soportes móviles y mucho humo (yo solo aportaba en aquellos momentos tres paquetes diarios, para lo que conseguía consumir tres cigarrillos simultáneamente). Además había un cuchitril para el director de tres metros cuadrados, otro para el teletipo, menor (un ruido incesante), y uno más para recoger las crónicas telefónicas de los corresponsales de los pueblos donde a duras penas podía sentarse el único ocupante de tal espacio.

Luego con unos servicios unos servicios infectos y oscuros frecuentemente gobernados por unas ratas de medio metro de estatura y mirada torva, que, al otro lado de nuestro susto, amenazan nuestra integridad cada vez que acudíamos a mear; cualquier otra cosa hubiera supuesto pura temeridad.

Todo eso, con salarios misérrimos y la actitud repugnante de una empresa que  cedlebraba sus más significados aniversarios con comidas campestres culminadas con la entrega un sobre pardo que el amo ofrecía, uno a uno, a cada trabajador, convocado por su propio nombre, con una dedicatoria ignominiasa: «para que le compre unos zapatitos a los niños», «para que pueda hacer un obsequio a su señora», “por si se casa”… No había otro remedio: se recibían con vergüenza y necesidad.

 

Una huelga de otra época

Por eso, muerto el dictador, en el momento en que se iban a realizar las primeras elecciones democráticas, junio de 1977, el periódico entero se declaró en huelga. Ante la imposibilidad de conseguir un convenio colectivo adecuado, nos conformamos con una paga extra: reclamamos 300 euros para cada trabajador. Resultado: doce días en huelga;  El Adelanto no informó a sus lectores del resultado de las primeras elecciones democráticas.

Sí lo hicimos los trabajadores a través de unas hojas volanderas, Prensa en Huelga las llamamos, que realizábamos a diario, de madrugada, para informar de nuestra situación y de lo que ocurría en Salamanca y en España. Los profesionales cumplieron su doble obligación, la de reclamar sus derechos y la de informar, de manera insuficiente pero con puntualidad absoluta, de las elecciones e incluso de los mítines finales de campaña a través de un boletín que, además, dotaba de medios a su caja de resistencia. Eran otros tiempos: algunos compañeros en situaciones más difíciles pudieron cobrar de aquellas donaciones y lo que sobró fue cedido a otros trabajadores en huelga.

La empresa y los trabajadores cedieron y el conflicto se zanjó con una paga extra de 150 euros tras casi dos semanas de paro completo.

 

Periódico de provincia con página nacional

Pese a todo, El Adelanto fue un periódico enraizado en la provincia (más que en la ciudad), condescendiente con la realidad local y, sobre todo, con sus poderes fácticos, Interesado en sacar puntilla (diminutivo de punta) a lo que nos dejaban. La insuficiencia de las infraestructuras, el abandono rural, la desigualdad de clases y de expectativas, la visión convencional de la Universidad y las reivindicaciones de los estudiantes aparecían con discreción en las páginas del diario; sin exageraciones.

Sin embargo, el periódico lució su carácter crítico frente a la realidad política general (en la medida que cabía) a través de algunas valoraciones y, sobre todo, mediante un resumen de prensa diario (toda una página tipo sábana), a través del cual los lectores salmantinos se acostumbraron a leer a Vázquez Montalbán, a Haro Tecglen, a Paco Umbral…, a Triunfo, a Cuadernos, a Sábado Gráfico, a TeleExprés, Informaciones…

A ello había que sumar algunos editoriales de Enrique de Sena, el escepticismo de los comentarios internacionales de Juan Delgado, el tesón de Leandro Cuadrado, la rabia de Mirentxu, los intentos de Obdulio Martín Bernal, Ángel Sánchez y algún otro que pasó por allí, más las páginas semanales de cine, firmadas por Juan Antonio Pérez Millán, y otra de teatro, de corte similar, que servían para opinar sobre estrenos o, con esa excusa, trasladar reflexiones sobre la vida misma.

Sin embargo, muchas veces lo que más nos dignificaba, como tantas veces, no era lo que nosotros hacíamos, sino lo que hacía nuestro competidor, La Gaceta Regional, periódico del Movimiento que acabó desde aquella oficialidad facciosa, nunca abandonada del todo, se ha convertido en el único periódico salmantino superviviente, pese al férreo control impuesto por sus propietarios: un conglomerado de empresarios y profesionales de diferentes calaña, inequívoca tendencia ideológica e inocultables intereses económicos y políticos. Ellos nos hicieron irremediablemente críticos, pese a nuestros miedos y a nuestra condescendencia.

Porque, a la postre, El Adelanto fue un periódico difuso,  poco relevante, contradictorio… Fruto de su época. O mejor, de la época que describo, porque fue la que viví yo.

 

Homenaje

Nos salvó, tal vez,  un director siempre respetable (por respetuoso), negociador entre la empresa y los locos bajitos, discretamente insumiso, capaz de cargar sobre su responsabilidad las contradicciones a las que le obligaban la propiedad del medio y la época, y en todo caso tolerante, permisivo y elegante. No siempre pudo atender nuestras propuestas: por ejemplo, cuando Leandro decidió escapar del periódico, subirse a su mítico 600 y vivir en directo la experiencia del 25 de abril en Lisboa, no hubo manera de llevar sus conclusiones al periódico; tampoco la entrevista que realicé yo mismo, durante más de dos o tres horas, a bordo de otro coche, a Oablo Castellano, sentados ambos en el asiento de atrás, y dando vueltas por las calles de Salamanca para que nadie nos descubriera e interceptara. Enrique no tuvo que explicarlo. Entendimos que le hubiera gustado publicar ambos trabajos, pero que no era posible. Otro periodismo. Otra vida.

 

Conclusión

No fue para tirar cohetes, pero, visto desde hoy, ahora que lo pienso, y aunque pueda parecer que sigo en babia, había más voluntad de molestar que ahora… Y tal vez por eso, aunque me puse a tomar notas sobre El Adelanto con cierta voluntad crítica, ha surgido otro relato. Tal vez, porque, a la postre, uno está según con quien se compare. No sabíamos hacer periódicos, pero teníamos pájaros en la cabeza…

Los que vinieron después, ¿también los tienen?

Puede ser… pero muchas empresas decidieron tapar las jaulas con cemento. Demasiado cemento en estos años.

Ese sería otro buen tema: el cemento y el periodismo, el hormigón y la libertad. En las décadas más recientes, en este país y en el periodismo, ha habido demasiado cemento y hormigón armados.

A nosotros nos salvó, a falta de otros conocimientos, el querer escribir entre líneas.

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