Los versos sueltos son atacados por la rima y por la métrica, por la convención y por la norma. A los adalides de la pureza el demonio les tienta sin pausa; es su gran reto. El amor y la belleza, incluso los poéticos, conducen al extravío y, cuando se juntan, la oda sucumbe al delirio hasta que, al fin, yace; lo que no es, en principio, necesariamente doloroso.

Monago, el presidente extremeño, va a tener que demostrar sus artes de bombero para apagar el incendio que se ha provocado en la sede de su gobierno y en su casa, simultáneamente, por culpa de unos viajes pagados por el Senado para complacer las exigencias de la política. Está por ver si la del partido o la de una compañera que se interpuso en su camino.

Un verso suelto se unió a otro y de la contradicción se aprovechó el demonio. Ahora los pecados están encima de la mesa, pero ni la rima ni la métrica, ni la convención ni la norma aprueban el lío. Monago ha salido sin manguera, con oficio, al escuchar el aviso del fuego.

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