El carnaval se ha quedado entre nosotros.

Los antiguos opositores se han cambiado de chaqueta y hacen lo mismo que los antiguos gobernantes.

Los antiguos gobernantes han mudado el vestuario y hacen lo mismo que los antiguos opositores.

Sólo los ciudadanos se mantienen al desnudo y al margen: ni idea de adonde nos llevan ni por qué nos reclaman sangre, sudor y lágrimas ni para qué hay que aguantar tanta merdé.

Los que se escandalizaron por la congelación de las pensiones y la reducción de los sueldos de los funcionarios mantienen lo uno (aunque digan otra cosa) y lo otro, más dos huevos duros: despidos fáciles y baratos, contratos superprecarios, reducción de salarios a discreción y una retahíla de medidas de palo y tentetieso.

Los que abrieron el camino de los ajustes ahora se echan a la calle para protestar por los nuevos, reclaman la ralentización de las exigencias europeas que ellos mismos suscribieron y protestan por la desmesura de las últimas decisiones gubernamentales que, como mínimo, prologaron.

Caben distinciones. Un poco más, algo menos. Unos no se hubieran atrevido a tanto. Otros mintieron a troche y moche y escondieron sus planes, pero sin engañar, porque nadie medio informado podía ignorar que le estaban tangando. O sea, sí hay diferencias, aunque quizás no importen mucho.

Lo que importa es qué hacer, cómo actuar, de qué manera sortear este lío, qué plan garantiza que, si un día salimos de aquí, no se vuelva a repetir el desastre…

¿Hay salida o no?, dígase en serio. ¿Podemos encontrarla por nuestros medios o no?, dígase en serio y sin ambages. ¿Cuáles son los pasos y proceso?, dígase en serio, sin ambages y con claridad. ¿A dónde vamos? Dígase en serio, sin ambages, con claridad y nitidez.

Y entonces, escuchadas las respuestas, conocido el plan, decidamos a qué y a quienes debemos prender fuego.

 

 

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