Hubo un tiempo en el que el izquierdismo no era otra cosa que la enfermedad infantil del comunismo, porque así lo había escrito nada menos que V.I. Lenin y porque así lo proclamaban, además, los partidos comunistas oficiales en los países donde ejercían el poder absoluto, en los que tenían reconocimiento legal dentro de la oposición democrática o en aquellos otros en que, bajo regímenes dictatoriales, se movían en la clandestinidad y el exilio.

Antes de la caída final de los regímenes comunistas, algunos partidos de Europa Occidental, encabezados por el PCI de Enrico Berlinguer, inventaron el eurocomunismo como una vía posibilitadora de acceso al poder en las sociedades occidentales, abducidas mayoritariamente por la democracia burguesa –así se decía entonces–, a la que ya habían accedido los primeros gobiernos socialdemócratas. El izquierdismo encontró en ese momento la justificación que antes se le había negado y articuló propuestas programáticas contrarias a la estrategia de moderación, aunque distantes del realismo (la realpolitk) que permitía prever un cierto tránsito hacia el poder. Los partidos comunistas de Portugal o Francia mantuvieron la ortodoxia, mientras la reformulación italiana conquistaba una considerable influencia popular dentro y fuera de su país.

Al Partido Comunista de España le alcanzó el debate, iniciado algunos años antes, en el momento en que se jugaba su paso de la proscripción a la legalidad. Su líder, Santiago Carrillo, con un pasado marcadamente estalinista –más que leninista–, acabó seducido por las tesis berlinguerianas: sólo desde la democracia burguesa se podría alcanzar la transformación social que demandaban los comunistas. Pero ese enunciado llevaba implícita su principal renuncia: la creación de una sociedad igualitaria ajena a las tensiones de clase del capitalismo democrático era ya una quimera. Ese fue el pacto que se plasmó en la Constitución del 78 y que presidió la Transición.

Santiago Carrillo y el PCE adoptaron esa posición sin resquemor, con la convicción del converso y, también, con la resignación del realista. Cuarenta años después, de todos los proyectos comunistas apenas queda algún rescoldo. Sin embargo, o tal vez por eso, el máximo representante del Partido Comunista y de la coalición electoral bajo la que ahora se cobija (también por convicción y realismo) ha puesto en entredicho el compromiso y la voluntad de transformación de la Transición e incluso del PCE. Así se ha expresado Alberto Garzón en polémica con Gaspar Llamazares, otro afín a aquellos postulados, aunque separado desde hace largo tiempo de la militancia comunista. Uno y otro, pues, parecen en la posición contraria a sus antecedentes más próximos: a Gaspar Llamazares le castigó el PCE y a Alberto Garzón le aupó.

El debate en cuestión resulta significativo en el contexto de las diferentes posiciones en el seno de la izquierda. Alberto Garzón, nítidamente alineado junto al secretario general de Podemos, reniega del pasado de su propia formación para tomar posiciones favorables en el conglomerado que ahora le acoge. Gaspar Llamazares, tal vez, pretenda recuperar un reconocimiento que IU le ha negado en los últimos años.

No importa si es verdad o no. Porque, más allá de posiciones que puedan estar trufadas de intereses políticos, la confrontación sobre el papel del Partido Comunista en la Transición se ha puede debatir en torno a dos posiciones diferentes:

la de un escritor, Javier Cercas, y la un politólogo que ejerce desde su blog su condición de prescriptor de un determinado sector de Podemos, Juan Carlos Monedero. El autor de Anatomía de un instante se pronunció primero, planteando en su columna de El País Semanal los términos de la cuestión: La dignidad del PCE.

Le replicó desde su propio blog, Comiendo tierra, Juan Carlos Monedero, muñidor de algunas decisiones de Podemos, siempre con ganas de disputa callejera, en una entrada titulada Javier Cercas, el PCE y la Transición: anatomía de un distante. En medio se quedó un discurso en el que Cercas había proclamado su confianza, aunque decaída, en el sentido de Europa con motivo de la recepción del premio…

El remate final llega de boca de Lidia Falcón: La dignidad de Javier Cercas, donde el exabrupto de sus verdades como puños restallan contra las letras, porque, consideraciones políticas al margen, el desprecio hacia Soldados de Salamina o Anatomía de un instante ofende el buen juicio.

Merece la pena, no obstante, leer todo ello. Por las ideas enfrentadas y, sobre todo, por la música empleada. Hay veces en que el relato dice más que los argumentos. Ya que así (no) se ve la fuerza del PCE (eslogan que, en afirmativo, recorrió otros tiempos y otras batallas), así sí es posible vislumbrar la tensión del conflicto que se está librando en el nuevo izquierdismo patrio.

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