Las fiestas navideñas alumbraron el arquetipo del “cuñao”. En los últimos años el relato de estas celebraciones ha encumbrado su figura al papel protagonista. Todo festejo familiar y navideño que se precie requiere al susodicho espécimen en plan estrella. Su papel se ha institucionalizado hasta tal punto que, pese al engorro que su aparentemente representa, se puede asegurar que sin él no hay fiesta.

Si hubiera que elegir “cuñao del año” entre personajes públicos, sería difícil la unanimidad. Pero si se trata de seleccionar a alguien capaz de perturbar la convivencia y el sano juicio de la familia española, de fabricar versiones estrambóticas para exasperar al conjunto de los allegados, de generar enconos y perplejidades, no se debe desestimar la candidatura de Carles Puigdemont.

Mas allá de su indudable capacidad para desquiciar a la estirpe constitucionalista, se permite –día sí, día también– poner en evidencia a los que tratan de protegerle. Lo mismo desprecia o relega a la justicia como la exalta y la bendice. Y en cualquier caso se queda tan fresco cuando proclama que solo el parlamento le puede juzgar o que hay que cumplir las leyes. Lo afirma en voz alta y sin rubor.

Lo mismo se solidariza con sus aparentes socios como los ningunea, arguyendo que su huida sin castigo –por el momento– era la salida correcta frente a quienes asumieron la responsabilidad contraída por sus actos afrontando la larga cárcel preventiva y la condena judicial. Ratifica su acierto y saca pecho por los logros que solo corresponden a su socio y, a la vez, antagonista.

Hace ya bastantes años, durante la dictadura, se produjo un debate similar. Se discutía sobre la mayor o menor eficacia en la lucha contra el régimen de quienes lo hacían desde la clandestinidad, asumiendo el riesgo de la cárcel, o quienes lo hacían desde el exterior; en el exilio, sí, pero sin el riesgo de la prisión o la marginación laboral y profesional. No era lo mismo, las circunstancias difieren. El exilio garantizaba la dignidad y la vida; para conquistar la dignidad en la clandestinidad muchos tuvieron que jugarse la vida. Ahora la realidad es otra; con la fuga se huye del castigo y con la permanencia en el territorio propio se defiende el compromiso con los ciudadanos, compartiendo su misma situación.

Mirando hacia atrás, unas y otras situaciones fueron dignas de respeto. Mirando hacia el presente, todo cambia: en la familia hay miembros dispuestos asumir situaciones incómodas, disgustos evidentes, actuando con criterios que no todos comparten. Ellos, pese a algún disgusto, merecen comprensión e incluso respeto.

Lo de los “cuñaos” es otra cosa.

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