“Necesitamos una revolución de la decencia. Hay que tener el coraje de decir a la gente que el mundo es complicado”. Lo dijo Martin Schultz, expresidente del Parlamento Europea y exlíder del SPD, y parece razonable. Sin embargo, tal vez se deban plantear algunos principios básicos. Por ejemplo:

El gobierno está obligado no solo a saber qué quiere hacer sino también qué puede hacer. Todo lo demás son ganas de engañar a la gente.

El gobierno está obligado a explicar lo que se propone, a argumentar lo que decide, a justificar lo que corrige, a ofrecer todos los datos necesarios para que el derecho a la crítica se ejercite limpiamente.

Ese derecho fundamental tiene contexto. Por ejemplo:

En la sociedad contemporánea los ciudadanos demandamos que la actualidad nos atropelle a cada paso. Reclamamos información al segundo y, cuando eso no se produce, las redes y los medios repiten sin cesar sus imágenes, sus comentarios o sus vituperios. La anomalía se hace omnipresente, el disparate se banaliza con la reiteración, la percepción de la realidad se deforma y la impotencia conduce a la crítica hacia el nihilismo.

Los responsables públicos deben atenerse a sus obligaciones, pero también los medios de comunicación y especialmente las redes sociales. Por eso tiene sentido plantear una reflexión profunda sobre los mecanismos y los procesos de comunicación de esta sociedad. Con medidas que salvaguarden el derecho a la crítica y la obligación de informar.

¿Cómo?

Mediante una regulación atenta a las nuevas realidades y a sus efectos. Sin embargo, nadie confía en la decencia de los posibles reguladores, incluidos los elegidos democráticamente.

Mediante la autorregulación de los propios medios. Sin embargo, resulta difícil confiar en empresas con múltiples intereses ajenos, cuando no contrarios, a una responsabilidad pública y, en consecuencia, opuestas a un control democrático. El paradigma de esta realidad la representan las imponentes corporaciones que controlan las redes sociales y, en última instancia, a la propia ciudadanía.

Ante esta situación, ¿qué queda? La parálisis, el sometimiento a los poderes ocultos, la fe en quien ha defraudado sin rubor toda esperanza. ¿No es necesario, de verdad, algún instrumento que actúe como contrapeso?

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