Hubo un tiempo, un largo tiempo, en el que los presupuestos de RTVE importaban un pimiento: se incumplían y, al concluir cada año, el déficit computaba como deuda, que nadie estaba obligado a amortizar. Así se llegaron a acumular 7.800 millones de deuda que dieron paso a un ERE que sacó de la cadena pública a más de cuatro mil trabajadores (en unas condiciones hoy inimaginables, por generosas para los afectados) y a una nueva legislación que ponía coto al déficit y corregía otras anomalías.

A partir de ese momento, RTVE vivió un periodo de esplendor entre 2007 y 2010 (o un poco menos). El sueño se truncó tras un nuevo cambio legislativo que impide los ingresos comerciales y limita el presupuesto, dejando sin resolver una cuestión decisiva para el futuro de los medios de titularidad estatal: ¿el presupuesto asignado al grupo público permite mantener una oferta atractiva, acorde con el derecho a la información y al entretenimiento que los ciudadanos legítimamente deben reclamar?

El último cambio legislativo invitaba a pensar en un plan maquiavélico. En primera instancia brindaba a los medios privados el trozo del pastel publicitario del que se desposeía a RTVE. Y, más allá, se intuía el progresivo hundimiento de la calidad de la programación de RTVE por la insuficiencia del presupuesto a su disposición. La pérdida de audiencia se antojaba un objetivo y/o una consecuencia. Y la privatización, a medio plazo, una posibilidad cada vez más factible. Los sucesivos gobiernos decidiríí﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽de cualquier conjeturad cada vez mrivatizaciprogramacircorde con derecho a la informacicumplan.

Al margen de cualquier conjetura discutible, y al margen de la fórmula elegida para la financiación (que esa es otra aún por resolver), se plantea una cuestión recurrente cada vez que se debate sobre el presupuesto de RTVE: ¿Es suficiente?

La calidad de la programación y la aceptación de la audiencia en los últimos años, tras la referida etapa de prosperidad, han registrado una evolución claramente negativa. ¿El presupuesto lo explica todo?

La respuesta admite múltiples planteamientos y trayectorias. Algunos datos que se publican en estas fechas aportan algunas referencias.

Los grandes grupos de comunicación cierran sus cuentas de 2012. Mediaset obtuvo un beneficio neto de 50 millones de euros. Antena3 consiguió 31 millones. Rebajas, pues, respecto al año anterior: aproximadamente, un 55% y un 66% respectivamente menos. No obstante, después de lo llorado, muchos pondrán en duda sus motivos.

Descontados los beneficios obtenidos de los ingresos generados se deducen los gastos. El grupo Mediaset llegó a 823 millones en todos sus canales: Telecinco y Cuatro, más otros cinco de los denominados tedeté. El grupo Antena3, a 701 millones en el canal principal más tres tedeté propios y otros tres correspondientes a La Sexta, a la que absorbió, aunque estos solo computen en los tres últimos meses.

¿Y RTVE? Aun sin conocer los datos del cierre del ejercicio 2012, sí se sabe cuál es su presupuesto para el actual: 941 millones para La1, La2, 24H, TDP, Clan y el canal HD en pruebas (sin programación propia). En esa cantidad hay que incluir Radio Nacional de España (Antena3 incluye a Onda Cero), a la Orquesta y el Coro y al Instituto RTVE, que también añaden costes.

¿Son suficientes los 941 millones previstos para este año?

La respuesta no es sencilla porque requiere analizar y fijar objetivos, programación, criterios o exigencias del medio público, obligaciones añadidas… Sin embargo, salta a la vista que sólo las diferencias o peculiaridades de RTVE justifican la duda. El grupo público en ese vistazo general no ofrece demasiado más (en el mejor de los casos) que las privadas y su audiencia y su calidad le presionan sobre el listón que establecen los números.

Son datos a tener en cuenta en el debate. A falta de datos ciertos, la gran diferencia en los presupuestos de los unos y los otros radica en los gastos de personal. Basta con cuantificar el número de trabajadores en plantilla. Las privadas no suman los dos millares. La pública multiplica esa cantidad por más de tres.

Mejor, no apresurar las conclusiones. Pero no renunciar al debate, necesario e imprescindible.

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