El periodismo confundió el ejercicio profesional con la neutralidad y, a raíz de ahí, decidió que la manera profesional de ser neutral consistía en enfrentar las posiciones contrarias sin necesidad de dirimir la mayor o menor veracidad de unos y otros. El debate se elevó a la cúspide de los valores democráticos. Este planteamiento respondía exclusivamente a los meros intereses del negocio.

El estilo deportivo se impuso al narrativo. El reality show al documento. El periodismo se hizo el espectáculo y descubrió la pelea. Se convirtió en ring o en gallera. Y relegó a los hechos y a los argumentos en beneficio de las dentelladas. Y la audiencia.

La emoción dominó el raciocinio, el grito al hecho veraz, la descalificación a la demostración. Periodista es el que azuza y en el mejor, o peor, de los casos, el que sanciona para azuzar. Las redes sociales amplifican el encono en detrimento de la razón. La verdad y la mentira valen lo mismo.

177970En ese charco se hace la política. Los medios acusan a los políticos de estar manchados, como si la suciedad fuera patrimonio exclusivo de las casas ajenas. Algunos reclaman respeto, matices, valoraciones más justas. Tendrían razón si el escenario de la batalla, su construcción y planificación, no fuera fruto de su propio artificio.

Por eso, hoy, Donald Trump es el resultado de un tiempo que es, también, un estilo. Incluso periodístico.

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