El run run de los que han optado por la independencia de  Cataluña resulta atronador, peor aún que las tertulias que un numeroso grupo de mozalbetes convocan en las madrugadas de los sábados debajo de la ventana donde combato contra los sudores, el insomnio y, a la postre, el ruido de voces, las botellas de cerveza, las carreras, los gritos, las bromas y las discusiones, temeroso de retar a los muchachos desde el alfeizar a que se vayan o se callen, reacio a reclamar el orden público a la fuerza o la policía e incapaz de mitigar el estruendo con el cierre del ventanal y las persianas por miedo a la asfixia final; pese a todo, lo peor.

 

Entontece este ruido entreverado de emociones (muchas y legítimas), intereses y bajas pasiones (alguna, al menos), reivindicaciones históricas y falsificaciones crecientes, de argumentos y falacias, en favor de una legitimación que, a muchos, también, ofende. O por lo menos, duele.

Duele, por ejemplo, escuchar a quienes no han movido un dedo en favor de los derechos nacionales de que disfrutan (los que sean, pero alguno hay) la manera en que reprochan o ningunean a quienes asumieron riesgos en defensa del idioma, la cultura y el reconocimiento de las señas de identidad catalanas sin pertenecer a sus contornos geográficos, aunque sí a los culturales, que entonces parecían comunes (en este ámbito lo que parece es).

Duele, por ejemplo, sentir la insolidaridad con los más vulnerables de aquellos con los que fuiste solidario o el repudio por razones culturales de quienes integramos esa cultura que enarbolan por diferenciadora o excluyente como parte de la identidad que nos construimos aun residiendo fuera de un ámbito geográfico determinado.

Duele, por ejemplo, que el afán identitario reclame la exclusividad de determinados símbolos y una parte significativa del imaginario (desde la música a la literatura, al cine o el estudio) que formaban parte del acervo individual de muchas personas ajenas a aquel anhelo y hasta del patrimonio cultural colectivo de alguna generación. No es posible aceptar sin rabia que te escupan a Espriu, a Salvat Papasseit, a Ferrater, a Lluis Llach, a Pi de la Serra, quienes nunca los leyeron o escucharon y, sobre todo, quienes los leyeron y escucharon.

Duele, por ejemplo, volver a ese territorio cuando adviertes el recelo por tus supuestas convicciones españolistas (pese a no declararte ni siquiera español, aunque eso lo entiendan como una treta para la escabullida) y recuerdas que nunca recelaste de quienes sí se proclamaban abiertamente catalanistas. Detestas los nacionalismos, como el sionismo y el nazismo (grados de una misma ambición), porque se fundamentan en la diferencia y la primacía de unos frente a otros y, por tanto, en la insolidaridad y la exclusión. Pero entiendes el sentimiento por esa patria cuyo «fulgor abstracto / es inasible. / Pero (aunque suene mal) /daría la vida / por diez lugares suyos, /cierta gente, / puertos, bosques de pinos, / fortalezas, / una ciudad deshecha, / gris, monstruosa, / varias figuras de su historia, /montañas / y tres o cuatro ríos». El poema de José Emilio Pacheco comienza con un verso definitorio y cada vez más necesario: «No amo a mi patria».

Duele encontrarte con quienes te reciben con el afecto de siempre, porque muchos de ellos, siendo y sintiéndose catalanes, también se sienten excluidos de su propio territorio. Resulta curioso cómo hijos de la emigración que fueron tratados como charnegos se han adherido con armas y bagajes al independentismo o a sus aledaños y cómo hijos de una cierta clase media catalanista han sido repudiados por su tibieza. Aquellos no tuvieron necesidad de reivindicar la identidad catalana contra la dictadura; estos sí, y aún recuerdan que encontraron a muchos no catalanes de su parte.

¿Qué decisión tomar?

Solo sé que cada día cuesta más acudir a un lugar en el que te reconoces, en el que gozas, al que quieres, porque en él reconociste, gozaste y quisiste a otros.

¿Cómo asumir el exilio al que te fuerzan?

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