La alcaldesa de L’Hospitalet, Núria Marín, y el conseller d’Empresa, Santi Vila, conversan en Hora25. Àngels Barceló permanece callada durante largo tiempo. Y al final, el oyente siente una sensación de alivio. No han resuelto nada, pero tranquilizan. Conversan, discuten, coinciden, discrepan. Él pide un tiempo muerto indefinido dando por válido lo hecho. Ella busca un reglamento que rechace ventajas ilegales. No hay acuerdo. Hoy basta con que haya palabras.

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“No hay fractura porque los fracturados decimos que no la hay”, afirma Sergi Pamies en un programa de La Sexta. El País ofrece un reportaje lleno de matices sobre Las otras voces de una sociedad fracturada.

Llama la atención la facilidad con la que se proclama la legitimidad de la calle frente a la ley y las instituciones. La historia, cercana y lejana, propia y ajena, está repleta de barbaridades amparadas en ese reconocimiento.

Los partidos independentistas consideran un “golpe de Estado encubierto” la respuesta del gobierno central al referéndum. Profesores de Filosofía del Derecho manifiestan que “una declaración unilateral de independencia constituye un golpe de Estado”. Con lo que nos costó llamar golpe de Estado al origen del régimen que enturbió nuestras vidas, el término se aplica en estos días sin discriminación y por doquier. Unos lo hacen con más razón que otros, pero, sea como fuere, y visto lo que estamos viendo, si alguien pensaba que se había generado el antídoto o la vacuna, apañado va…

Las agresiones policiales no modifican el fondo del debate, aunque lo han distorsionado sustancialmente y ofrecido un asidero a quienes carecían de legitimidad. Desde el punto de vista ciudadano repugnan. Desde el político revelan un fracaso. Dejaron víctimas. Y para colmo, en lugar de defender la legalidad, la complicaron.

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Dicho lo anterior, fijada la responsabilidad de la desmesura en sus actores, no se puede eludir la responsabilidad de quienes la han condenado después de haberla alimentado y deseado. Los tribunales sugieren que los ciudadanos que acudieron a los centros de votación no cometieron un acto ilegal, porque la votación no tenía ningún valor legal. Interesante argumentación. Pero eso no hace lícito el propósito de impedir la actuación de la policía, por lo que, señala el auto, “es sumamente importante conocer el detalle de lo actuado” y saber si se ejerció una protesta pacífica, una resistencia pasiva o activa, leve o grave. Pueden parecer legalismos o puede parecer legalidad.

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Y Rajoy, ¿perdido o fugado? Enviando a partirse la cara sin salir del escondite a jueces, policías, dirigentes de otros partidos, a la vicepresidenta, al rey, a los manifestantes…

El País trata de despejar la duda. Le regala cinco páginas completas, incluida la mitad superior de la portada. ¿Y qué aparece? Un personaje escondido en su trinchera, en sus inamovibles argumentos. ¿No comprende? ¿No alcanza a entender que todos –sí, todos, incluidos los catalanes de uno u otro signo– necesitamos una ilusión, un proyecto, una expectativa fuera del precipicio?

La economía ha entrado en liza. Se pone sobre la mesa La factura de la independencia. La detallan Xavier Vidal-Folch, Claudi Pérez, Lucía Abellán y Lluís Pellicer. Y la muestran las grandes empresas que anuncian su salida, por el momento puramente simbólica, como el Proçés, pero inequívoca.

Manuel Cruz ayuda a fijar la situación una semana después del pretendido referéndum: No exagere, majestad.

El fin de semana se llena banderas rojigualdas: españolas y catalanas; por una vez, juntas, en señal de mutuo reconocimiento Algunas españolas rebosan ira. A casi todas las desborda la pena. En la gran manifestación de Barcelona, tras las de Madrid y otras muchas ciudades, Vargas Llosa se irrita contra el nacionalismo; Borrell defiende la razón con palabras y gestos para mostrar el horizonte, una Europa plural y solidaria. Sin embargo, las manifestaciones más rotundas se habían hecho ya, sin estandartes ni blasones. De blanco, el lugar del espectro donde se unen todos los colores. Ese el camino, al que los bandos enfrentados miran con recelo, pero en el que cabe o debe caber una inmensa mayoría.

Eduardo Madina y Rocío Martínez–Sampere muestran el camino: Lo difícil y lo necesario.

Comienza otra semana. Sin tregua a la vista.

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