Ha sido como una revelación. La Carta abierta a Íñigo firmada por Pablo Iglesias y publicado en 20 minutos  constituye una pieza ejemplar de la nueva política en su sentido más estricto, porque, hasta este momento, las diferencias en el seno de una organización de esa naturaleza, entre sus dos máximos representantes, nunca se habían dirimido de ese modo.

carta-abiertaNo solo por eso. Para quienes tuvieran dudas acerca de las informaciones publicadas en torno a dichas discrepancias Pablo Iglesias las ha eliminado. Son ciertas y afectan a cuestiones estratégicas, de fondo.

Hay que agradecer el debate y la transparencia, que exista discusión en el seno de una formación política, porque se trata de algo inevitable y porque lo contrario resultaría, si no imposible, aberrante. El intento permanente de las formaciones clásicas de ocultar su debate interno ha sido estúpido. Merece la pena explicar y reconocer el valor de la discrepancia cuando existe lealtad y compromiso con las ideas mayoritarias.

Nada que objetar a las diferencias. No obstante, la carta de Pablo Iglesias encierra otras cuestiones menos claras.

Sorprende, por ejemplo, que el debate ideológico se convierta en una cuestión entre colegas, amigos de chat y de socarronería, compañeros desde lo más temprano del día y burladores de los desatinos que se traman contra ellos de manera sistemática.

Sorprende, por ejemplo, el planteamiento de Pablo Iglesias, porque antepone el liderazgo a la organización y a la coherencia. Esa es, tal vez, la contradicción que alienta el secretario general de una organización que se dice abierta. Como la misiva.

iglesias-errejonSorprende, por ejemplo, el tono paternalista, revestido de colegueo, que transmite la carta, con recomendaciones sobre lo que al otro le conviene, para que no le vean tan próximo al PSOE y con la advertencia definitiva: “Cuidemos el debate, Íñigo, para que, con acuerdo o sin acuerdo…”. ¿Eso se advierte en público? Suena a reproche, a acusación, a despecho. Y la referencia anterior a carga de profundidad, a descalificación.

Y sorprende, por fin, tal vez definitivamente, la despedida: “Quiero un Podemos en el que tú, uno de los tipos con más talento y brillantes que he conocido, puedas trabajar a mi lado y no frente a mí”. ¿Por qué no “juntos”, por que no “para que yo pueda trabajar a tu lado”, por qué, en definitiva esa expresión de superioridad ante el “amigo, hermano, compañero” del que se despide.

El debate de ideas, planteado así, suena a mera apariencia, si no a falacia. Merecería otro planteamiento. ¿Qué es lo primero en una organización política: la ideología o el liderazgo? De lo primero hemos estado escasos; de lo segundo, sobrados: los hemos conocido de muy variados los colores, pero todos ellos tuvieron algo en común: condicionaron el debate cuando no lo anularon.

¿Repetimos?

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