Los legionarios proclaman a pleno pulmón “soy el novio de la muerte” ante niños enfermos de cáncer. Y presumen de ello. A las autoridades le parece un gesto solidario y pedagógico. No faltaba más.

A las autoridades, las mismas o parecidas a las anteriores, les satisface entregar medallas y reconocimientos a vírgenes y santos, e incluso a las hermandades que los representan aquí en la tierra.

A las cofradías les asisten, eso piensan, derechos como el del indulto cuando llega la semana santa, porque así ha sido y así será.

Las autoridades no lo discuten, pero este año, en Málaga, ha habido un desacuerdo: al gobierno español le dio vergüenza indultar a un reo acusado de corrupción (para que no le dijeran, se supone, que se indultaba a sí mismo) y la cofradía del Jesús del Gran Poder se ha puesto de morros, pese a que se iban a salir con la suya unos días más tarde.

Hace unos años se pensaba que esto iba a acabar. Ahora, también. Entonces se creía que la justicia quedaría en manos del poder democrático. Ahora se cree que, de seguir por donde andamos, el poder democrático delegará la administración de justicia en tribunales eclesiásticos.

No conviene descartar que las sentencias sean precedidas o culminadas por una cabra que grite con entusiasmo la marcha de la legión.

A fin de cuentas, los legionarios ya cantan su himno, exhibiendo musculatura y tatuajes, mientras desfilan en procesión con el cristo crucificado y soportan con músculos de esteroides el peso de una tradición con hedor a dictadura. Que no ceja.

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