El debate no es un derecho de los políticos, sino de los ciudadanos. Este es el argumento que suelen emplear periodistas y medios, sobre todo, cuando alguno de los líderes convocados se niega a acudir al escenario de la confrontación pública, promovida –no se olvide, en beneficio propio– por uno o varios grupos de comunicación. Al igual que los periodistas suelen explicar los comportamientos políticos en función de intereses personales o de partido, se debería desconfiar de la solemnidad de muchas eslóganes mediáticos construidos en provecho de la parte contratante.

programa-polonia-1442418203733 Ya ha habido tiempo y oportunidades para reflexionar acerca del valor de los debates electorales , de compararlos con otros formatos  o de testificar la distancia entre el interés ciudadano (en su sentido clásico) y los formatos que interesan a los medios e incluso a muchos políticos. No obstante, cabe la posibilidad de que en algún momento el debate alcance cierto interés público y, por eso, todavía resulta legítima su defensa. Pero eso implica la necesidad de ciertas reglas y condiciones.

Por ejemplo, en el largo periplo electoral en el que habitamos desde hace un año han sido muy pocos los momentos valiosos, pese a la insistencia mediática en resaltar el mero hecho de que unos dirigentes se junten en un lugar a exponer o a gritar sus propios lemas, a replicar con eslóganes ensayados las críticas ajenas , a interrumpir cualquier intento de raciocinio y a descalificar propuestas que nadie consigue desarrollar.

En ese contexto la verdad no importa; sólo la manipulación. Por tal motivo el proceso requiere un árbitro o, mejor, un defensor del ciudadano; tal vez, un verdadero periodista o un equipo de tales, para no dejar indefenso al lector, oyente o espectador; al albur de las mentiras irrefutables en el fragor de la disputa.

6a00d8341bfb1653ef015392dd1dca970b-500wiEn los debates al uso la confrontación se llena de datos falsos e interpretaciones falaces. El moderador contempla y anima el rifirrafe sin capacidad (ni casi legitimidad, so pena de recibir la acusación de partidista) para mostrar tarjeta amarilla (luego, roja) al mentiroso, dando por supuesto que la mera confrontación basta para ilustrar al observador.

Por eso reconforta saber que The New York Times haya decidido abandonar la supuesta neutralidad editorial para acusar a Donald Trump de mentiroso o que Paul Krugman reclame un método de evaluación para detectar las veces que el propio candidato republicano o Hillary Clinton utilicen “afirmaciones falsas” o “mentiras gordísimas” en los debates previos a las elecciones norteamericanas de noviembre.

mentiraEstas reglas no cambiarán la sustancia de los debates ni mucho menos la perversión implícita de la política del espectáculo, pero aportarán, al menos, una dosis de respeto al ciudadano. ¿Están los medios y los profesionales en condiciones de hacerlo?

Si no es así… ¿convendría renunciar por pura honestidad al ejercicio de la confusión en el que el más mentiroso obtiene el mayor rédito? ¿Alguien ha enumerado las “afirmaciones falsas” y las “mentiras gordísimas” que nos han largado en los últimos años? ¿Existe un ranking o una aproximación a lo que podríamos llamar la Tabla Pinocho? ¿Seria bueno o ayudaría en algo?

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