Si no fuera porque las mujeres que abortan merecen todo el respeto, se podría decir que el ministro Gallardón, el último gran antiabortista, abortó de sí mismo. Una modalidad egocéntrica y ontológica hasta ahora no catalogada, solo a la altura de su egolatría.

Él no abortó porque lo considerara su propio derecho o su legítimo deber, sino porque alguien decidió por él. Exactamente lo que quiso hacer con las mujeres mientras le duró el cargo: que fuera él quien decidiera por ellas.

El caso se antoja ejemplar. Si se debe comprender a quien desea abortar, también se puede comprender a quien se niega a hacerlo e incluso entender que existan creencias contrarias al aborto en general. Sin embargo, no se puede admitir que estos últimos impongan sus dogmas a toda una sociedad civil y laica, ni que quienes pretenden imponer sus más altos valores morales un día pasen al siguiente a venderlos como una mercancía.

Cabía suponerlo: no creen en nada. Comercian con la gente y los valores que defienden. Aunque, antes de nada, acudan al confesionario a expiar por el pecado que están a punto de perpetrar. (Qué vergüenza la de un gobierno arrodillado pidiendo perdón por su poca fe).

El gobierno no ha rectificado. No ha decidido de sopetón respetar a las mujeres. Piensa lo que pensaba, pero reconoce que por encima de lo que piensa está el pienso. Su pienso.

Mas no vale confiarse. ¿Y si tuvieran previsto que la ley abortada y hasta el ministro antiabortista que abortó de sí mismo pudieran ser recuperados por mandato del Tribunal Constitucional, dadas las manos en las que se encuentra el recurso que los mismos piensantes presentaron?

¿Podemos en estas circunstancias alegrarnos por las mujeres? ¿Al menos, por las que aún puedan seguir amparándose en la legislación vigente? Sí, mientras dure

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