Un día descubriremos, pero entonces ya será tarde, que José Ignacio Wert es un hombre educado, correcto con sus semejantes, amante de su perro e incluso cariñoso con los niños que juegan en el parque; o sea, que no se trata de un malvado irremediable, de un conspirador atolondrado o de un tonto de baba. Pero entonces  será tarde.

Habrá pasado a la historia del humor más chafardero como un animal de bellota o un simple imbécil, en el más etimológico sentido del término. Él, que fuera tertuliano moderado en la prehistoria de su estrellato, profesional ahormado por los estudios demoscópicos y, por ende, experto en descifrar los movimientos de masas, convertido ahora en víctima de su propio estereotipo. Y en muy poquito tiempo.

Con este hombre están pasando dos cosas: que ya nadie espera de él una propuesta razonable y, aún peor, que cuando, en un descuido o porque todos tenemos algún día bueno (malos tenemos muchos), plantee algo digno de consideración o lo hará con las palabras cambiadas o el auditorio tendrá las orejas en dirección contraria.

Lo de la españolización de Cataluña le ha llevado al paredón nacionalista e incluso a la diana del progresismo que, a falta de otros juegos más productivos, se conforma con arrojar dardos al monigote. La susodicha españolización, se supone, debe tener que ver con otro de los axiomas ilustres del personaje: la influencia de la educación de los niños catalanes en su afán por echarse a la calle con banderas.

Pero, si se piensa (a veces en esto de pensar lo importante no es si hace bien o mal, sino si se hace o no), las majaderías del ministro entran dentro de su competencia y plantean cuestiones que preferimos espantar de nuestras cabezas.

O sea, ¿alguien cree que el modelo educativo, los planes de estudio, los temarios, la perspectiva que subyace a la enseñanza de la historia, la geografía, las ciencias naturales, la filosofía, el latín o las matemáticas resultan ajenos a las tomas de posiciones presentes y futuras de los educandos? Cosa distinta es en qué medida, cuanto. ¿Alguien cree que la educación (en particular la escolar) no transmite conceptos que ahorman su manera de ser y de entenderse de los ciudadanos? ¿Para qué mierda sirve entonces la educación?

Una vez respondidas las anteriores preguntas, podríamos añadir interrogantes. ¿Por qué las reacciones más virulentas contra el ministro llegan precisamente desde el poder? ¿Es que alguna vez el poder estuvo ajeno al control de la educación e incluso a la manipulación de muchas enseñanzas? ¿Los mitos y las falsedades en las que se amparan determinadas reivindicaciones o supuestos derechos (de acá, de allá e incluso de acullá) no están influidos desde el sistema educativo?

– ¿Para qué remover mierda?

Puede ser. Mejor no darle vueltas. Wert es un gilipollas (por ejemplo, por negarse a la asignatura de Educación para la Ciudadanía), pero, si solo lo fuera en parte o, el peor de los casos, no lo fuera en absoluto, se ha empeñado en parecerlo. Y eso ya no tiene remedio.

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