Jorge Fernández Díaz fue un vivalavirgen que se dio de bruces con Dios en un casino de Las Vegas. Así se hizo afín al Opus Dei y combatió el matrimonio gay y el nacionalismo: ambos, pecado. Y así llegó a jefe de gabinete del ministro del Interior Rajoy y, después, a ministro del Interior del Gobierno del presidente Rajoy. En los 2065JorgeFdezLola-2-e1460996428417-780x436momentos difíciles ha contado con confidentes insobornables, como la perrita Lola, que le acompaña en los aviones, y el chófer Marcelo, a quien considera su auténtico ángel de la guarda. Tal vez asesorado por ellos, condecoró a las vírgenes y a Malhuenda y persiguió con saña a quienes protestaban en la calle. Quiso ser un ultraortodoxo del sistema y se convirtió en un auténtico peligro para la democracia.

Mientras el ministro Montoro amenazaba a artistas y periodistas críticos con hacer públicas sus declaraciones a Hacienda o con someterlos directamente a la inspección de su departamento, este otro ministro, el de Interior, utilizaba su cargo para perseguir al discrepante, para sacar del sistema al adversario político. Así, ha _MINISTRODELINTERIOR19931807_35293bf7conseguido hacer evidente la insolvencia del propio gobierno: al ministro del interior le graban en su propio despacho una conversación privada en la que solo había otro interlocutor; y, para colmo, la difunden. Tras ese precedente, los españoles tienen razones para temer que alguien los espía –o al menos, que puede hacerlo.

Esta barbaridad es mucho más que corrupción, aunque también lo sea. No se trata de coger dinero público para fines privados o espurios sino de utilizar los instrumentos del Estado para expulsar de la vida pública a determinadas personas –en muchos casos, representantes avalados por el voto popular– y conculcar sus derechos en beneficio de ideas y códigos totalitarios. Este ministro ha ejercido, pues, como corruptor del propio sistema que le ha aupado y protegido.

BNG-Gobierno-Jorge-Fernandez-retracte_EDIIMA20130304_0551_21Por eso, en estos días se ha conocido un auténtico escándalo, el comportamiento del ministro, y también una ignominia a la ciudadanía, el absentismo del presidente del Gobierno.

Sabido lo sabido, el cese del ministro es un requisito previo. El del presidente, una obligación democrática. Con ellos en sus puestos, nadie puede estar seguro de que, si alguien llama a la puerta a las seis de la mañana, sólo puede ser el lechero. Pueden ser ellos.

El caso Fernández Díaz ha retratado a muchos medios de comunicación. Primero, por su tibieza al conocer el caso, tal vez motivada por ese hábito abyecto de ningunear la exclusiva de un competidor. Luego, porque muchos han preferido buscar el problema en otra parte.

Véanse dos ejemplos antagónicos con una misma complicidad:

  1. RTVE se ha negado a informar de los contenidos de las conversaciones entre el ministro y el director de la Oficina Antifraude, dependiente del Parlamento de Cataluña. Cuando lo ha hecho ha tergiversado de manera indecente el fondo del problema: usando el caso para acusar a la víctimas con datos ya declarados como falsos por la autoridad judicial.
  2. 2 La Sexta ha desviado la atención del caso hacia la ilegalidad de la grabación de una conversación privada y secreta y a su filtración a la prensa.

fernandez-diaz-se-disculpa-en-privado-con-la-guardia-civil-por-la-filtracion-a-etaRTVE, a estas alturas, no sorprende, aunque siga indignando por su creciente e indisimulada grosería. La Sexta explica, de ese modo, el verdadero alcance de independencia de los medios, tanto más frustrante cuanto más bravos y aguerridos se presentan. En la conversación de marras se trataba de que el servicio de seguridad de la editorial Planeta –la principal accionista de Atresmedia– pudiera hacer las investigaciones que los interlocutores pretendían para eximir de responsabilidades a la Policía, demasiado pringada ya en otras averiguaciones. Y lo hacían convencidos de que proponían algo factible, no un disparate. Ellos debe saber.

Cuando ocurren situaciones tan graves, los responsables tienen cómplices. En la sociedad contemporánea, los medios de comunicación resultan insustituibles para magnificar el disparate.

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