Este formato surgió durante mi etapa como director del Canal Internacional de Antena3. Entre 1997 y 1998. Allí desarrollábamos una serie de programas de bajo coste en los que un pequeño equipo de redactores, productores y realizadores aprovechaba recursos excedentes de la cadena y reutilizaba materiales generados para otros espacios reelaborando vídeos e incorporando nuevas presentaciones y algunos contenidos inéditos producidos por aquella pequeña redacción. Así surgieron Gente de palabra, Casa de América, A Fondo, La Liga y algunos otros. La mayoría de ellos realizados sobre decorados virtuales, en horarios en los que los estudios que necesitábamos se hallaban inactivos y con un sistema de autoedición admirable en aquella época, todavía analógica.

En un momento me planteeé la conveniencia de desarrollar un magazine de mañana con voluntad de impulsar a las empresas españolas implantadas en Latinoamérica. En aquellos años me habían hablado, y había podido ver con ocasión de mis frecuentes viajes a Miami, el show de Martha Stewart. Así empecé a pensar en las posibilidades que podía extraer un grupo de comunicación en caso de contar, o de generar, la figura de un prescriptor que, en lugar de buscar el lucro personal, pusiera su capacidad de influencia al servicio de un proyecto colectivo.

Desde el punto de vista visual me pareció sugerente el espacio La rue del percebe por su versatilidad, por las posibilidades de interacción entre los diferentes campos visuales, por su fragmentación y por su globalidad. La idea quedó allí, porque el formato resultaba en cualquier caso de una complejidad tan evidente que desbordaba nuestras posibilidades de producción, incluso en el caso de que se pudiera conseguir el apoyo de algunas de las más importantes empresas españolas.

Lo guardé en un cajón y sólo alguna que otra vez recordé la vieja idea, que me seguía pareciendo, no obstante, sugerente e incluso útil para una cadena de televisión. La evolución de los hábitos de consumo televisivo y la pérdida de eficacia de los formatos publicitarios convencionales avalaban el interés del invento. Y así fue como, a partir de una de esas conversaciones entre amigos, la idea llegó a un productor que se mostró espontáneamente interesado en sondear las posibilidades de llevarla a término.

A partir de ese momento decidí elaborar una guía básica del programa, porque, lógicamente, a lo largo de todo el tiempo transcurrido, casi doce años, el planteamiento inicial había ido evolucionando de manera significativa. Presenté un pequeño folleto en formato electrónico para explicar el formato: los contenidos, la escenografía, los criterios  para la realización, el juego de los presentadores y los prescriptores, la estructura e incluso algunas pautas para el guión.

Y ahí me quedé. Pendiente de que llegue el día en que podamos pasar de las musas al teatro.

 

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