Macron anuncia una ley contra las noticias falsas, contra los bulos que se propagan en las redes sociales durante los procesos electorales con ánimo de incidir en sus resultados. Por el momento en nuestro entorno tales acciones han alcanzado hasta ahora más repercusión en los medios de comunicación que en la ciudadanía. Pero puede que el presidente francés tenga razón y que sea necesario ocuparse de este tipo de manipulaciones.

Mientras en Europa y Estados Unidos se debate sobre esa cuestión, la sociedad española asiste a un espectáculo informativo sobrecogedor sin que hayan intervenido ni responsables políticos ni, lo que aún parece más grave, los colegios o asociaciones periodísticos, amparando con su silencio una interpretación del derecho a la información aberrante e incluso repugnante.

El despliegue en torno al caso de Diana Quer resulta obsceno: por el tiempo que se le ha dedicado, por los medios empleados y por la falta de respeto a la víctima y a su familia. En realidad, nada que no fuera previsible. La cobertura del juicio contra La Manada por violación en grupo de una joven durante los sanfermines o el acoso y posible violación de una menor por parte de los jugadores de la Arandina también han llevado este tipo de informaciones a unos niveles absolutamente repudiables.

El proceso, judicial o policial, contra los presuntos delincuentes de cada uno de estos casos, se ha trasladado a la ciudadanía a través de los medios presuntamente informativos y, en particular, por medio de la televisión y las redes sociales. Ellas lo han transformado en un auténtico castigo a las víctimas, sometidas a una sospecha permanente y denigrante, vejadas por el énfasis de los detalles más escabrosos, cuestionadas por su comportamiento antes, en y después de los hechos. A la violación y al acoso físicos se le ha sumado otro no menor, el mediático, tan prolongado y masivo que quizás resulte aún más traumática para las personas afectadas y sus familiares que el originario.

El desamparo de las víctimas, su indefensión ante una sociedad entregada al morbo y siempre proclive a la duda sobre los comportamientos femeninos en los casos de violencia machista, han quedado en evidencia. Pero nadie ha hecho una reflexión crítica y severa desde los medios. “Es la audiencia, estúpido”, podrían decir; pero también la desvergüenza de muchos profesionales.

¿A qué criterios deben atenerse este tipo de informaciones? La crónica de sucesos ha contado con una amplia acogida desde la aparición del periódico. Sin embargo, hubo momentos en que buena parte de los contenidos incluidos en ella se distribuían a través de publicaciones diferenciadas de las que trataban de responder al interés informativo general. Los británicos han distinguido entre tabloides y periódicos. Estos solo atendían a los sucesos con una relevancia social merecedora de la atención pública. La información se separaba del morbo.

¿Cuándo se debe reconocer el interés informativo de un suceso? ¿Cuándo cabe asociarlo al derecho ciudadano a la información? Cabe proponer una respuesta seguramente discutible, aunque digna de consideración: cuando los hechos reflejan una anomalía social o el fracaso de la propia sociedad y sus reglas de convivencia. Pero cabe algo más: cuando se aborda con el debido respeto a las víctimas, cuando se atiene a hechos inequívocos, cuando huye de lo escabroso, del morbo; cuando protege la intimidad y el honor de las víctimas; cuando defiende sus derechos e invita a la empatía que merecen. Bien distinto, pues, a lo ocurrido en los casos señalados.

Aún peor. Porque todos estos casos han dado pábulo a exageraciones y falsedades dignas de la sanción colectiva y, sobre todo, a innumerables detalles irrelevantes desde el punto de vista del interés ciudadano. Pero no. Nadie ha sido reprendido o recriminado por haber atendido con fruición aspectos sin trascendencia para la causa e incluso por haber inventado hechos falsos en aras de la audiencia y el morbo. ¿Tenía la joven en aquel trance sórdido los ojos abiertos o cerrados? ¿Gritaba o callaba? ¿Cómo empezaron los tocamientos, cómo continuaron, cómo terminaron? ¿Cuáles eran las relaciones familiares? ¿Qué comportamientos tenían sus padres, sus hermanos, sus amigos?

“¿La violó entonces, sí o no?”. Era la pregunta de una joven periodista a los responsables de la Guardia Civil que acababan de encontrar el cadáver de Diana Quer? La chica asesinada, sus padres y la mayor parte de los ciudadanos en esos momentos solo demandaban silencio.

Las fake news pretenden modificar comportamientos y será bueno luchar contra ellas. Algunas informaciones convierten lo más íntimo en espectáculo y denigran a la sociedad y a los propios ciudadanos. ¿Quién esta aquí enfermo? ¿Quiénes consumen o quiénes distribuyen el veneno? ¿Todos?

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