La policía encuentra el cadáver de Gabriel. El niño, de 8 años, había desaparecido doce días antes en las inmediaciones de la casa de sus abuelos, de la que salió para jugar en la vivienda de sus primos, apenas a cien metros de distancia.

El cuerpo se encontraba dentro del maletero del coche que conducía la pareja de su padre, que ya es, para los investigadores, la única sospechosa del crimen.

Las redes sociales y las cadenas de televisión, que han seguido el caso minuto a minuto, arden de furor e ira. Tanta que la madre del niño pide cautela y reclama el derecho a despedir a “el pescaíto”, a su hijo, con la bondad que merece la criatura y el afecto y la empatía mostradas por la sociedad mientras fue posible la esperanza.

Ya no hay remedio: la rabia, la condena, la violencia y el deseo de venganza se retransmiten en directo. Las cadenas inventan espacios para alentar la furia.

Nadie busca explicaciones. Por un lado, ¿cómo entender al ser humano capaz de matar y simular hasta lo inexplicable? ¿Acaso la humanidad se divide, como parece, entre los hijosdeputa y los que no lo son? Por otro, ¿cómo no sobrecogerse ante el alegato de una madre tan conmovida como conmovedora?

Resulta más fácil valorar el comportamiento de muchos medios, de las redes sociales y de algunos representantes políticos a los que solo parecen importarles la audiencia y el morbo.

¿Cuántas veces tendremos que ver a la presunta delincuente, cubierta con la capucha roja,  saliendo de la casa en la que vivía y escoltada por la guardia civil?

¿Que habría ocurrido en estos días de producirse un caso como el de Alcasser? El asesinato de tres adolescentes convenció a muchos de que la televisión podía convertirse en un instrumento capaz de acciones abominables. No se aprendió. Aquello, hoy, parece una insignificancia.

Algunos aprovechan para reclamar la cadena perpetua (y se quedan con las ganas de reivindicar la pena de muerte). El debate que aguarda en el Parlamento reavivará las alarmas. Al tiempo.

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