En qué situación estamos? ¿Qué compromisos resultan viables? ¿Quiénes son los responsables? ¿Los partidos, los partidos, los gobiernos…? ¿Y los ciudadanos? Algunos hechos recientes invitan a mirar más atrás y más lejos.

 

El tripartito sin sentido

Valls se desmarca de Ciudadanos y pide un pacto PP – Ciudadanos – PSOE. Demasiado tarde para el desmarque, absolutamente imposible la alianza.

Repasemos. Valls y C’s se necesitaban mutuamente. El expremier francés, para improvisar un respaldo electoral inmediato e improbable bajo cualquier otra fórmula; el pacto con Ciudadanos le permitía contar de golpe y sin dilación con el respaldo del partido ganador en las últimas elecciones autonómicas. Su candidatura, que ya tenía rostro, tomaba cuerpo.

La formación naranja, por su parte, encontraba en Valls a un peso pesado, tránsfuga y moderado, como ella misma, pero sorprendente y capaz de superar el desprestigio de Ciudadanos entre sectores de Cataluña no radicales, favorables a la Constitución y la autonomía, pero inflexibles ante los ataques al modelo lingüístico que alumbraron el parto de Rivera y sus huestes. Valls, catalán en la diáspora, prometía una cierta regeneración a su partido anfitrión, al tiempo que asumía personalmente el lastre de un pasado ajeno. A estas alturas ya no debe tener ninguna duda.

De esa experiencia surge su propuesta de un tripartito constitucionalista que en España solo ha tenido razón de ser en momentos de emergencia y solo se ha podido llevar a cabo con el PSOE en la oposición. En estos momentos, bajo la amenaza del ingreso de la ultraderecha en las instituciones, el compromiso reclamado por Valls, más que inconveniente, que lo es, resulta, sobre todo, inalcanzable.

 

El PP de ultratumba

La ultraderecha ya no es Vox, es el PP. Así ha sido cada vez que le tocó ejercer de oposición, desde Aznar soltero hasta Aznar Casado, el dirigente que, como dice Berna González Harbour, “no sabemos si quiere seducir o alimentar a la ultraderecha de Vox”.

El PP actual solo puede pensar en la hegemonía dentro del bloque de la derecha (incluido el supuesto centro-derecha) en la medida en que pueda fagocitar a Vox. Así había sido hasta ahora, pero el sector silencioso ha alzado la voz de la ultratumba y seguirá bramando con exhumación o sin ella. O el PP lo somete a través del camuflaje o será su rehén, porque carece de capacidad para articular un pensamiento conservador y liberal. Una insuficiencia que está en sus genes.

Por eso el problema que amenaza al próximo futuro se anuncia tan complejo y tan desesperado.

 

Gobierno sin partido

El PSOE, por su parte, se ha convertido en un gobierno sin partido, atrapado en un dilema irresoluble, en el oxímoron del éxito y el fracaso de la moción de censura. Por una parte, esa acción le ha permitido mostrar un cierto rostro conciliador, progresista, regenerador, capaz de aliviar la tensión social generada por el desacato constitucional del independentismo y el tancredismo leguleyo de Rajoy.

Pero también le ha llevado a decisiones cargadas de ingenuidad, contradicciones, propaganda, ventajismos y un afán de permanencia en el gobierno que absorbe gran parte de sus energías a falta de respaldo parlamentario.

La moción de censura se vuelve cada día contra el mismo que la hizo realizable. El lastre de algunos de sus socios resulta pesado, pero, y eso es mucho peor, sirve de coartada a la barbarie de estos tiempos, el populismo que recuerda lo peor del tiempo de entreguerras. Bajo la aparente reducción de la crispación en la sociedad catalana y del encono entre esta y el denominado Estado, se ha dado pábulo a un efecto perverso: cualquier alianza está permitida mientras ofrezca la posibilidad de gobernar.

 

Nadie ofrece otro camino

El problema del PSOE se advierte en todo lo anterior, pero se amplifica, sobre todo, por lo que la viñeta de Peridis delata: “sin iniciativa y sin discurso”. Las propuestas de su gobierno caminan a trompicones, parecen un revival de la yenka, aquel baile de los sesenta que invitaba a izquierda, derecha, adelante, atrás, un, dos, tres. Pedro Sánchez ha sido capaz de articular un gobierno con más prestigio que resultados concretos, pero ha perdido u obviado cualquier intención pedagógica para explicar la realidad y su complejidad, para sobreponerse a las contradicciones, para primar la política sobre las artimañas e incluso sobre el trampantojo de la imagen y la comunicación desplegada.

El caso más flagrante lo protagonizó Susana Díaz. Ella se encargó de poner a Vox en el centro de la campaña electoral andaluza, para luego lamentar que se haya convertido en el eje del futuro inmediato de Andalucía. La idea se ha generalizado. La descalificación de la ultraderecha, tan legítima como necesaria, parece eximir a quienes no forman parte de sus alianzas de programas y compromisos que animen a una convivencia estimulante.

Podemos ha sufrido a su modo el desconcierto de estos tiempos. Ha transigido y ha propuesto algo más que el resto, pero, tal vez en aras del compromiso y el realismo, parece haber perdido pulso y vigor.

 

La responsabilidad de la sociedad

El camino está cegado. Los políticos, a quienes se señala como responsables del problema, tienen remedios a su alcance, pero no la solución. Esta le pertenece a la ciudadanía. Es necesario revertir la preocupación por las encuestas para fijarse en la evolución de la sociedad. Ya va siendo hora de abandonar ese lugar común que simultáneamente culpa a los políticos de todos los desastres colectivos al mismo tiempo que exonera a los ciudadanos de lo que ellos imponen con sus votos, con su silencio, con su derecho al hastío y la indolencia, o con esos mantras mitad abúlicos mitad irresponsables, como el “todos son iguales”, “no son más que un hatajo de corruptos” o cualquier otra generación que conduce de la crítica al inmovilismo, de la depresión a la impotencia.

La sociedad también se equivoca, también yerra, también se acomoda, también se justifica con coartadas, también provoca situaciones imposibles… Lo dicen los resultados electorales, las conversaciones de café o de taberna, los tuits que colapsan el debate público y racional con la aquiescencia de unos medios de comunicación entregados de lleno al bullicio o la bronca.

Si los responsables políticos deben estar atentos a los movimientos sociales, a las tendencias globales, a los cambios de rumbo colectivos, a los entornos y a sus contradicciones, la sociedad también está obligada a examinarse a sí misma, a asumir sus responsabilidades por los efectos de su voto, de su fatiga o su desconfianza… A estas alturas ya no cabe ignorar todo aquello de lo estamos avisados y advertidos.

Sin ciudadanos no hay política. Y eso tienen que entenderlo los profesionales de la política, pero también los ciudadanos. Votar a uno o a otro partido tiene efectos. Acudir a las urnas o quedarse en casa, también. Participar en una manifestación o dormir la siesta, lo mismo. Tratar de entender lo que pasa y lo que hacemos, no menos. Informarnos y prestar atención al otro, por supuesto.

Lo demás es quitarse el muerto de encima. Es decir, asumir que el muerto está ahí.

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