Hace 30 años, el 9 de noviembre de 1989, era jueves. Puede parecer un dato irrelevante, que, sin embargo, para mí –simplemente para mí– resultó fundamental.

En aquel tiempo trabajaba en la Cadena SER como subdirector de Hora25, un programa de referencia en la radio española que en aquellos momentos dirigía Manuel Campo Vidal. Pero los jueves él tenía un programa en directo en TVE y a mí me tocaba sustituirle.

Por eso que el 9 de noviembre de 1989 fuera jueves, resultó decisivo para mí, siquiera desde un punto de vista profesional.

Al terminar el informativo de la tarde, Hora20, la redacción se despoblaba, salvo que ocurriera algo verdaderamente relevante. Aquel día no fue una excepción. Se habían mencionado unos incidentes en la capital de la RDA, pero nada que alarmara o excitara al conjunto de los profesionales.

Y así, de repente, los cuatro o cinco periodistas que hacíamos guardia hasta la media noche –no puedo olvidar a Maite Ortiz, que encontró recursos y testimonios formidables–, empezamos a comprender que lo que poco antes se había interpretado como una anécdota se podía convertir en un momento histórico.

Decidimos trastocar los planes, arrinconar la escaleta que habíamos elaborado previamente y dejarnos sorprender por lo que pudiéramos ir descubriendo. Fue una apuesta emocionante.

Cerramos el programa pensando que habíamos acertado, que la historia se nos había echado encima y que no habíamos errado en el envite, porque los testigos daban fe de la trascendencia de aquel episodio. Nos sorprendía nuestra soledad. ¿Nadie más lo había advertido? Nunca lo supimos. Al día siguiente percibimos que, a juicio de la mayoría, habíamos cumplido un trámite; el de los jueves.

A lo largo de la hora de programa encontramos a personas que ratificaron su certeza de lo que tenían ante sus ojos y a otras que expresaron sus dudas sobre el significado y la trascendencia de lo que escuchaban. Años después leí un artículo de Ignacio Sotelo, catedrático de la Universidad Libre de Berlín y analista de referencia en aquellos momentos sobre todo lo que ocurría en la Europa del Este, que recordaba aquella noche y cómo, mientras él trataba de comprender y contextualizar lo que ocurría, no encontró mejor manera de hacerlo que atendiendo a lo que le pedía el periodista: “Ahora mismo, desde la ventana de su casa, ¿qué ve?”.

Cerramos el programa convencidos de que habíamos tratado de contar algo que iba a transformar el mundo. Algo inequívocamente favorable para los habitantes de la Alemania del Este. Y algo mucho más complejo, con algunas luces y muchas sombras, para el futuro de la sociedad.

Fue un jueves.

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