La portada de El País aparece esta mañana casi en blanco. En esta ocasión no la ha vendido a agentes extraños; no enmascara publicidad de coches o de un gran centro comercial, sino la promoción del propio periódico. Una propuesta que se concreta en una pregunta que sigue a esta afirmación previa: “Un espacio para comprender. También para pensar”. La camisa que reviste al diario normal añade reflexiones, culminadas, como cierre, con el lema central: “¿Y tú qué piensas?”.

La excepcionalidad de la propuesta sugiere algunas reflexiones sobre el periodismo. Sobre todo, en estos tiempos.

La opinión propia no se debe construir mediante la confrontación de opiniones sino a través del análisis de los hechos y los datos ciertos y accesibles. La primera fórmula, la ahora imperante, ampara la tertulia, la confrontación y, con frecuencia, el hastío. La segunda reclama informaciones veraces y unos criterios de contextualización y análisis personalmente asumidos. Aquella abona el ruido, el brochazo, la emotividad, la polarización. Esta constituye el requisito básico del derecho a la información.

¿Cuál es el objetivo de ese derecho? Que cada ciudadano piense lo que quiera, incluso el mayor de los disparates, a partir de datos y hechos lo más exactos y complejos posibles. El error, si es propio, forma parte de la condición humana, pero, si inducido mediante la tergiversación, el algoritmo o las verdades reveladas, responde a la más pura y simple manipulación.

Los medios de comunicación se han abonado con demasiada frecuencia al manejo de los hechos y los datos desde posiciones o intereses particulares. A veces resulta complicado escapar a ese riesgo. En muchas ocasiones la opinión de los lectores, oyentes, espectadores o usuarios de los medios urdida por una trama o un grupo de presión bajo la excusa de la información.

El periodismo debe pretender y estimular que cada uno de los que a él acude piense por propia cuenta. A partir de ahí cobra sentido el planteamiento que expone la directora de El País asumiendo la obligación de escuchar las demandas de los lectores y de aceptar las diferentes actitudes y expectativas de los propios ciudadanos.

El objetivo primero, y esa es ya una justificación suficiente para un periódico, consiste en que el lector piense. Después, en saber qué piensa. Eso implica respeto, aceptación de la divergencia de opiniones entre quienes comparten un medio de comunicación y asunción de nuevas preguntas sobre los hechos más relevantes para quienes reclaman otras preguntas. La información así retroalimenta el oficio básico del informador, el de preguntar.

En esta ocasión la campaña promocional ayuda a entender el periodismo y a respetar al ciudadano. Ojalá no sea un bello eslogan.

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