Hubo un tiempo en el que el cielo o el infierno dependían de unas horas, las que iban del vicio de la noche a la confesión de la mañana. Si la muerte te pillaba en medio, condenado; si se retrasaba, camino de la gloria (aunque, tal vez, previo paso por el purgatorio).

Sobre estas premisas se armaba la estrategia de los católicos. Los protestantes se lo ponían mucho más difícil: sin confesión quedaban a expensas de sus obras. Un estrés, una lata.

El Papa nuevo acaba de proponer una nueva artimaña. El aborto sigue siendo un grave pecado, pero cabe la absolución durante el año santo. POr misericordia. O sea, el año que viene, sí; luego, ya no; en determinados lugares, con peregrinaciones varias y otros detalles inexcrutables.

Así no hay quien se aclare. Salvo que su santidad encuentre el modo de encadenar años santos sin reposo y convalidar la peregrinación con un paseo al baño. Tan complicado han puesto el consultorio, que ni el Papa acierta a eaxplicarlo.

Por el momento ha decidido cambiarse de gafas.

 

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